
Mark Carney, exgobernador del Banco de Canadá y de Inglaterra, siempre se ha definido como un pragmático. Durante la campaña electoral, el líder liberal dijo ser el indicado para vencer a los conservadores. También subrayó que tenía el mejor plan para hacer frente a los embates comerciales orquestados desde la Casa Blanca. Carney se impuso en las urnas el 28 de abril. En cerca de nueve meses, el primer ministro canadiense ha realizado cambios de gran calado. Algunos sectores aplauden el paquete de medidas; otros consideran que está yendo demasiado lejos, alejándose de los valores asociados a los liberales.
Una de sus primeras decisiones fue eliminar el plan de gravámenes al carbono. Después vino la abolición de la reforma sobre las ganancias de capital. A su vez, retiró el impuesto para las grandes tecnológicas y suspendió la mayoría de los aranceles decretados contra Estados Unidos; gestos para facilitar las negociaciones con Washington a modo de dar por terminada la guerra comercial. Todas estas medidas formaban parte del legado de su antecesor, Justin Trudeau.
Más adelante, los liberales de Carney lograron la aprobación de una iniciativa de ley para acelerar la construcción de grandes obras de infraestructuras. El documento incluye procesos de consulta más rápidos con las comunidades locales. Los grupos indígenas alzaron la voz. La normativa también pretende reducir el tiempo de las evaluaciones medioambientales. Carney ha señalado que buscará que Canadá se convierta en una “superpotencia energética”. Muestra de ello es que el pasado 27 de noviembre, Ottawa firmó con la provincia de Alberta un protocolo de entendimiento que incluye conversaciones para la construcción de un nuevo oleoducto. Steven Guilbeault, ministro de Identidad y Cultura canadienses, renunció al gabinete como protesta. Greenpeace Canadá criticó la postura de Carney, asegurando que se trata de una traición para los canadienses que votaron por él.
A modo de reducir la dependencia comercial hacia Estados Unidos, Carney ha viajado en varias ocasiones a Europa. Sin embargo, en esta búsqueda de nuevas oportunidades, algunos desplazamientos del primer ministro han levantado ampollas. Los críticos se preguntan si una diplomacia basada sobremanera en lo económico está pasando por alto ciertos temas sensibles como los derechos humanos. En noviembre, Carney visitó los Emiratos Árabes Unidos, donde logró un compromiso de inversión en Canadá por cerca de 43.500 millones de euros.
Socios sospechosos
En un esfuerzo de hacer borrón y cuenta nueva a las tensiones de años recientes, Carney efectuó un viaje oficial a China del 14 al 17 de enero. Ahí firmó convenios y sostuvo una reunión con Xi Jinping. Las oportunidades comerciales con la potencia asiática son considerables. No obstante, el distanciamiento que tuvo el Gobierno de Trudeau con Pekín fue por motivos de calado. Basta recordar el conjunto de represalias tras la detención en Vancouver de Meng Wanzhou, vicepresidenta de Huawei, a solicitud de Estados Unidos. Además, el régimen chino ha recibido acusaciones de querer intervenir en política canadiense. En tiempos de cambios globales, Carney también ha aumentado de forma considerable el presupuesto en defensa.
En los comicios de abril, los liberales se quedaron a tres asientos de formar Gobierno mayoritario. Actualmente se encuentran a uno solo de la cifra mágica, ya que dos diputados conservadores se sumaron a la bancada liberal. Ambos parlamentarios expresaron que el plan de Carney es el más adecuado para el país. Respecto a los niveles de aprobación del primer ministro, las encuestas muestran cambios mínimos en meses recientes (en diciembre, la tasa fue del 56%). Carney ha pedido paciencia a los canadienses para comenzar a ver los frutos de su estrategia. Sin embargo, el coro de inconformes podría aumentar en caso de que los resultados tarden en llegar. Síntoma de ello es que se respira cada vez más intranquilidad porque el acuerdo comercial con Estados Unidos aún no se ha concretado.
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