El carioca Rick Azevedo llevaba 12 años saltando de un empleo a otro pero todos con un denominador común: seis días seguidos de trabajo con uno de libranza. Un domingo de 2023 por la noche, consumido por el agotamiento, dijo basta. Su jefa acababa de llamarle para que el lunes empezara antes su turno de dependiente en una farmacia. Impotente y enfadado, el brasileño agarró el teléfono y se asomó a su cuenta de TikTok a desahogarse: “¿Cuándo será que nosotros, la clase trabajadora, vamos a hacer una revolución en este país en relación con la escala 6×1? (…) ¡Es una esclavitud obsoleta”.
Un sinfín de guardas de seguridad, vendedoras de centros comerciales, cajeras de supermercado, empleados de Burger King, de las tiendas de 24 horas… se identificaron de inmediato con su queja. Rápidamente, cientos de miles de internautas había asistido al desahogo en TikTok. La revuelta de los trabajadores brasileños echó a rodar aquel día. Y los políticos tomaron buena nota.
Poco más de dos años después, la reducción de jornada —y el derecho de los trabajadores al tiempo libre— están en el centro del debate político. El presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, enarbola el recorte de la jornada laboral sin tocar el salario como una de sus principales banderas para las elecciones de octubre. “Ningún derecho es tan urgente hoy como el derecho al tiempo”, enfatizó Lula en su mensaje navideño. “No es justo trabajar duro seis días y tener solo uno para cuidar del cuerpo y la cabeza. Para pasear con la familia, divertirse y criar a los hijos”. Palabra de un presidente que antes fue obrero y sindicalista. El Congreso ya debate varias propuestas legislativas.
El país más poblado de Latinoamérica se une así al movimiento global a favor de más días libres y mejor conciliación. Los datos oficiales apuntan a que unos 33 millones de brasileños (dos tercios de la población con empleo formal) trabajan de 41 a 44 horas semanales, buena parte de ellos encuadrados en el esquema 6×1. La mayoría de ellos son mestizos o negros y cobran menos de dos salarios mínimos.
El equipo de Lula ha abrazado la reivindicación con entusiasmo. Y con la vista puesta en la clase media y en las elecciones. Mientras los brasileños más pobres siguen fieles al presidente y al Partido de los Trabajadores, buena parte de la clase media —empleados del comercio y servicios, emprendedores, conductores de Uber, etcétera— desconfía de ellos. Muchos están convencidos de que las mejoras en sus vidas obedecen solo al esfuerzo personal y que las ayudas públicas desincentivan el trabajo.
Con la reivindicación de acabar con el 6×1 y una gran bajada de impuestos que acaba de entrar en vigor, Lula espera arrebatarle a la derecha parte de ese electorado. Lula ha recordado estos días que hace 45 años él ya defendía el recorte de jornada. El Gobierno apoya una reducción a u máximo de 40 horas semanales, con dos días libres (5×2), y asegura que mejorará hasta la productividad, gran punto débil de Brasil. La patronal del comercio advierte de que el cambio es una amenaza para el empleo.
Azevedo, 32 años, el dependiente que sin premeditación encendió la mecha del debate, hizo recientemente un alto en el receso veraniego del Ayuntamiento de Río para atender a este periódico. Los cariocas lo eligieron concejal en 2024. Jamás soñó que su desahogo y él mismo llegarían tan lejos.

Cuando el video viralizó, Azevedo buscó cómplices en redes sociales y juntos crearon el movimiento VAT, Vida Além do Trabalho (vida más allá del trabajo, en portugués). Rápidamente, el PSOL (el Partido Socialismo y Libertad, del que era edil la asesinada Marielle Franco) vio el potencial. Y reclutó a Azevedo. Hijo de una limpiadora jubilada, dejó su empleo y el esquema 6×1 para entrar en política.
“Si empezamos 2026 con la clase trabajadora como prioridad nacional es por la presión que hicieron los trabajadores al Congreso y al Gobierno”, recalca al teléfono, satisfecho y sorprendido. “Es muy positivo que hayamos llegado hasta aquí en tan poco tiempo”.
El concejal Azevedo resalta que el esquema 6×1 “es no tener vida fuera del trabajo, arrebata al trabajador lo más básico: tiempo para dedicarlo a la salud, al autocuidado, a la familia, a la religión, al placer… y, en el caso de las mujeres, hablamos de la doble o triple jornada”, apunta. También tiene un mensaje para los parlamentarios más conservadores que se muestran reticentes: “No puedes decir que estás a favor de la familia y no defender el fin del 6×1”.

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