
El reciente discurso del primer ministro canadiense Mark Carney en Davos recibió la tercera ovación de pie en la historia del Foro Económico Mundial, tras las dos anteriores dedicadas a Nelson Mandela y al presidente ucraniano Volodímir Zelensky. El discurso tocó la fibra sensible porque articuló de forma clara e inequívoca una constatación que se está imponiendo en todas partes: el orden basado en normas de la posguerra que garantizó una estabilidad relativa y facilitó la difusión de la prosperidad se está desmoronando.
Estados Unidos, que se convirtió en la potencia dominante tras el colapso de la Unión Soviética, ya no está dispuesto a ejercer un liderazgo global constructivo ni a apoyar las instituciones en cuya creación desempeñó un papel protagonista. Al mismo tiempo, China está dispuesta a asumir el liderazgo que Estados Unidos está abandonando, pero su débil Estado de Derecho y su modelo económico mercantilista hacen que sea difícil confiar en ella.
Por ejemplo, China ha tratado de posicionarse como la principal defensora del libre comercio y del sistema basado en normas, pero ha utilizado y abusado de esas normas en su beneficio, convirtiéndose en una potencia exportadora y restringiendo al mismo tiempo el acceso de otros países a sus mercados. Como resultado, el resto del mundo teme verse inundado por las exportaciones chinas, especialmente ahora que el crecimiento del gigante asiático es cada vez más desequilibrado y depende en gran medida de las exportaciones.
A medida que la competencia entre las dos superpotencias mundiales se vuelve más destructiva, el resto del mundo se ve atrapado en un círculo vicioso que afecta a la economía, la política interna y la geopolítica. Carney destacó la sombría realidad a la que se enfrentan potencias medias como Canadá, atrapadas entre dos superpotencias poco fiables, cada una con sus propios defectos e intenciones poco honorables. Por la respuesta a su discurso, podemos suponer que su llamamiento al resto del mundo para que aúne fuerzas en la gestión de la nueva agitación económica y geopolítica ha encontrado eco entre los líderes nacionales de todo el mundo.
Pero el camino hacia la unidad entre las potencias medias es difícil, porque este grupo incluye países ricos y pobres, así como pequeños y grandes. Los intereses de un grupo tan diverso rara vez estarán en perfecta sintonía. Aunque Carney sugirió un enfoque pragmático, en el que los países se unieran en torno a cuestiones específicas, en lugar de formar un frente unido en todos los ámbitos, es poco probable que la cooperación ad hoc forje alianzas profundas basadas en la confianza mutua.
Se encuentran áreas de desacuerdo sustancial incluso entre países que deberían tener intereses bien alineados. Las principales economías emergentes, por ejemplo, tienen intereses comunes en muchas cuestiones, pero también albergan sospechas mutuas. China y la India están a favor de trasladar el poder de voto en instituciones importantes como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial hacia las economías emergentes. Pero sus conflictos fronterizos y el temor de la India a ser dominada por su vecino hacen que simplemente no confíen la una en la otra.
En términos más generales, a menos que las potencias medias reúnan la voluntad de mirar más allá de sus intereses a corto plazo, podrían convertirse en fuentes de inestabilidad, en lugar de un nuevo ancla para el orden geopolítico. Tras la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, la India se negó a participar en las sanciones de los países occidentales, alineándose así con Rusia y China en aras de unas importaciones de petróleo baratas y abundantes, a pesar de que considera que sus valores e instituciones democráticas están más en consonancia con las economías occidentales. Trabajar con ambas partes difícilmente convierte a la India en un ancla de estabilidad.
Incluso Europa, que sigue aspirando a ser una gran potencia, se ha quedado al margen. La debilidad económica y las fuerzas centrífugas la han dejado incapaz de hablar con eficacia y con una sola voz. Sin duda, Europa está a la altura de las circunstancias cuando se enfrenta a amenazas directas a su soberanía, como en Ucrania o Groenlandia. Pero sin la voluntad de crear una unión más fuerte y duradera, y sin medidas contundentes para mejorar su rendimiento económico, Europa seguirá actuando de forma reactiva, en lugar de ejercer su liderazgo.
Los países que han establecido sólidas relaciones económicas o de seguridad tanto con China como con Estados Unidos se ven ahora empujados a elegir bando, una perspectiva decididamente incómoda y delicada. Algunos países que parecen estar deliberadamente equilibrando entre ambos corren el riesgo de caer en una u otra trampa. Y luego están países como Singapur, Corea del Sur y Vietnam, que no pueden escapar fácilmente de sus estrechos vínculos comerciales y financieros con China. Pero, por mucho que desconfíen de verse arrastrados cada vez más hacia el abrazo económico y político de China, parecen reacios a oponerse con demasiada fuerza al poder dominante de la región. Dado que ni Japón, que en su día fue la principal economía de Asia, ni Estados Unidos pueden considerarse un contrapeso eficaz o fiable, estos países seguirán viéndose sacudidos por la geopolítica, en lugar de contribuir a calmar las aguas.
Las potencias medias no tienen más remedio que lidiar con un mundo en el que la inestabilidad se ha convertido en la norma. Pueden agravar el problema o convertirse en una fuerza constructiva para la estabilidad en los márgenes. Eso no requiere unidad, pero lograr la cohesión que necesitarán las potencias medias sigue siendo una tarea difícil, porque les obligará a poner orden en sus propias casas, mirar más allá de sus intereses a corto plazo y forjar vínculos más profundos.