
Hay algo extraño en el discurso económico actual. Por un lado, nadie duda de que vivimos tiempos frágiles: tensiones geopolíticas, deudas insostenibles, demografía invertida, cambio climático, disrupción tecnológica… Por otro, los mercados cotizan cerca de máximos. ¿Quién tiene razón? Hay tres formas de verlo. La primera es que los mercados aciertan. Los riesgos existen, pero el sistema aguanta más de lo que creen los agoreros. Las tensiones se contendrán, la deuda se irá licuando, los robots suplirán a los trabajadores que falten. No sería la primera vez que los profetas del desastre se equivocan.
La segunda interpretación es que los ansiosos aciertan. Los precios reflejan el apoyo de bancos centrales y las reinversiones pasivas, y las nuevas compras de activos financieros no responden a un juicio sereno. Al fin y al cabo, los mercados no son depósitos de sabiduría colectiva, sino que son frecuentemente amplificadores de ilusión colectiva. Cuando llegue el ajuste, dolerá.
La tercera forma de verlo es que ambos tienen razón, pero sobre cosas distintas. Los mercados valoran bien lo cuantificable, pero están ciegos ante lo que evoluciona despacio. Una guerra en Taiwán provocaría un reajuste instantáneo, pero el declive demográfico avanza tan lento que nadie puede arbitrarlo.
Hay distintos tipos de riesgo. Algunos son existenciales: un conflicto abierto entre potencias o un colapso del dólar. Son improbables, pero sus consecuencias serían tan devastadoras que el cálculo tradicional no sirve. Otros son graves, pero recuperables: crisis financieras o inflación. Duelen, pero el sistema se adapta; estos son los riesgos que los mercados intentan valorar. Y otros son estructurales: demografía, productividad estancada. Avanzan sin ruido, invisibles para los mecanismos de precios, aunque sean los más importantes. La ansiedad de este momento nace de intuir que los riesgos estructurales se han acumulado y que tenemos debilidades que han mermado nuestra capacidad de absorberlos.
Ante este diagnóstico, la tentación del pesimismo es buscar refugio en activos seguros o mantenerse en liquidez. Nadie sabe cuándo se producirá el desplome. Los que identificaron la burbuja inmobiliaria en 2005 perdieron dinero tres años antes de ganar. Los riesgos estructurales no vienen con fecha. Además, si el pesimismo te lleva a priorizar liquidez tendrás rentabilidades reales negativas si hay inflación. El pesimismo es siempre pasivo: te expone a los resultados en lugar de permitirte elegir.
El optimismo también es una trampa. Creer que las cosas saldrán bien porque antes salieron bien no es un argumento. Hay sesgo de supervivencia porque del pasado solo vemos los casos con éxito. Comporta una falacia de composición: cada riesgo parece manejable por separado, pero juntos pueden ser abrumadores como ocurrió en 2008: aquello no fue una crisis inmobiliaria ni bancaria ni de liquidez, sino la interacción de todas ellas amplificándose mutuamente. Y hay sesgo de agencia: como los problemas tienen solución teórica asumimos que se resolverán, una estrategia que ignora la economía política: sabemos cómo abordar el declive demográfico, pero carecemos de capacidad política para poner en práctica las medidas necesarias para resolverlo.
Si el pesimismo es pasivo y el optimismo ingenuo, ¿qué queda? Algo que podríamos llamar ambición resiliente: una estrategia que no pretende predecir, sino prepararse. Una estrategia que comienza por aceptar que la incertidumbre es irreducible, pero que podemos construir resiliencia financiera y resiliencia operativa. Esta tercera vía sobre todo requiere lo que antes llamábamos honestidad intelectual y ahora resiliencia cognitiva: estar dispuestos a evaluar con rigor las propias debilidades cuando las noticias que nos llegan son malas.
Los preocupados tienen razón en la gravedad, pero se equivocan si concluyen que lo adecuado es quedarse paralizados. Los grandes desafíos se han superado no porque se resolvieran solos, sino porque alguien decidió resolverlos. El mundo es frágil. Los riesgos son reales. Los mercados pueden estar equivocados. Precisamente por eso, nunca ha sido tan necesaria la honestidad intelectual y el liderazgo para actuar.