Que se riegue la voz y corra de vecino en vecino: el señor Michael P. Jones, dueño de la funeraria Pauley Jones, tan modesta como refinada, busca un artista entre las casi 8.000 personas que habitan el poblado de Denison, al oeste de Iowa, para dibujar una silla y una bandera cubana en la urna que ahora carga, y en la que han de grabar la siguiente inscripción: Feglys Campos Arriba (10/21/88-8/15/25). Por siempre en nuestros corazones.
Alto, atlético, en sus cincuenta, el señor Michael P. Jones lleva una divertida corbata que resalta sobre su camisa azul, el mismo color del cielo despejado de Denison, el típico pueblo del Medio Oeste rodeado de campos de soya y maíz. Creció en una familia dedicada al negocio de los muertos y es un experto a la hora de tramitar costos de entierros, cremaciones o esparcimiento de cenizas. Su funeraria, que tiene más de cien años y acoge unos tres velatorios al mes, recientemente estuvo a cargo del funeral de la señora Deloris Adams, una asistente social fallecida a sus 94 años, o de la señora Lile Ann Petersen, una antigua maestra de primaria que dio su último suspiro a los 92. Ambas simpáticas, elegantísimas, personas de fe, a quien le sobreviven varios hijos, nietos y sobrinos. Pero el último de los muertos de la funeraria Pauley Jones no se apellida Conrad, ni Fahn, sino Campos Arriba. No nació en el condado de Crawford, sino en la provincia cubana de Guantánamo, ni era tan blanco y entrado en años, sino un mulato de 36 que no murió de Parkinson ni por los años, sino a tiros por la policía local.
La noticia ha espantado a la gente de Denison, un pueblo donde nunca sucede nada. Sus habitantes cierran sin seguro las puertas de las casas, de amplios jardines y portales, y dejan abajo las ventanillas de los autos o camionetas pick up. “Aquí no te roban, pero ahora te matan”, dice una vecina disgustada. Comen mac and cheese y tacos, juegan el Powerball con el deseo común de convertirse en millonarios, y se acuestan sobre las seis de la tarde. Cualquier mínima distorsión de ese cuadro deviene un acontecimiento: desde las clases de gimnasia en la piscina del pueblo, a las ventas de garajes anunciadas por el periódico el fin de semana. Los locales viven orgullosos de pocas cosas como de haber nacido en el mismo sitio que la actriz Donna Reed, quien le cedió al pueblo el lema de una de sus películas, la frase que han grabado como recordatorio en lo alto de un tanque de etanol: It’s a Wonderful Life.

El último incidente que sobrecogió al pueblo fue el hallazgo en 2003 de 11 esqueletos de migrantes latinos que salieron en un tren desde Matamoros (México) y que fueron encontrados meses después por unos trabajadores que limpiaban los vagones en una planta de granos. Esteban, quien se mudó de Texas a Denison hace 17 años, dice que el único ser vivo que la policía mató allí había sido un perro. Por eso el pueblo ahora está indignado. Si preguntas por Feglys Antonio Campos Arriba, casi toda la gente se echa a llorar y coinciden en lo mismo: “Un tipo con muy buena educación”, “quería trabajar todo el tiempo, incluso los días de vacaciones”, “le gustaba bailar y cantar”, “no debió haberle pasado eso, y mucho menos de la manera en que lo hicieron”, “no había razón para matarlo”.
Es lo que piensa el señor Michael P. Jones, quien se seca una lágrima y, cuando habla de Feglys, no parece un tipo acostumbrado a lidiar casi a diario con la muerte. El 17 de agosto, Brenda Hernández y una amiga se le acercaron, temerosas de la cifra que podía pedirles por los servicios funerarios de Feglys, quien no tenía familia en Estados Unidos, pues su padre, una hija y una hermana aún viven en Cuba, y su madre y otra hermana, en España. Brenda, una joven astuta de 24 años, había ido antes a la funeraria de al lado, la Huebner, donde se encontraba el cadáver de Feglys. Pasaron dos días buscándolo, hasta que el examinador del Estado de Iowa les confirmó el lugar.
—¿Y cómo conoces a Feglys?— le preguntó a Brenda una chica estilizada, trabajadora de la Huebner.
—Era mi amigo de la planta de cerdo, la Smithfield— respondió Brenda.
—¿Él trabajaba?— quiso saber la chica.
—Sí, trabajaba hasta que lo corrieron—.
—¿Y por qué lo corrieron?
—Porque se le venció su permiso de trabajo.
—¿Y cómo piensan pagar este servicio?— se preocupó la chica.
—Eso no le tiene que importar a usted, nosotros como comunidad vamos a juntar el dinero— le dijo Brenda.
La chica de la Huebner le aconsejó buscar otro lugar en el Estado donde pudieran cremar a Feglys por mil dólares, si es que no llegaban a la suma de poco más de seis mil que ella cobraba. Los latinos de Denison, amigos, vecinos y conocidos de Feglys, comenzaron a reunir fondos. Brenda y su amiga telefonearon al señor Michael P. Jones, quien preguntó si Feglys era el joven al que la policía le había disparado en el parque Washington. Si era él, que le dieran lo que quisieran, una donación, que los servicios correrían por su cuenta.
***
En Denison todo queda cerca, incluso la fábrica Smithfield, que contrata a la mayoría de los migrantes del lugar. Cada día en la planta se sacrifican más de 10.000 cerdos, un negocio que en todo el país les reporta a los dueños más de 14.000 millones de dólares anuales. Son los migrantes los que cortan las piezas, deshuesan, despellejan al animal y procesan su carne. Los blancos ocupan otros puestos, como supervisores o directores, un límite que los habitantes de Denison reconocen al dedillo. Se siente afuera también: en el Pub al que solo van blancos, y en el Cronks al que solo van latinos; o en los juegos de fútbol que organizan los mexicanos, y los de soccer que practican los iowanos; o en la misa en inglés de la mañana, y la de español en la tarde, que se hace en una de las tantas iglesias de la zona. A veces el recordatorio es más explícito, como la bandera blanca y roja que cuelga a las afueras de una casa abandonada y que dice: “Trump Nation”.
En la fábrica su gente está triste, y quieren saber qué sucedió el 15 de agosto sobre las 11 de la noche en el parque Washington, al centro del pueblo. Un policía armado acabó con la vida de Feglys, migrante como ellos, trabajador como ellos, que acomodaba lomos de cerdo, o trasladaba carretillas repletas de cuero. Feglys, que llegaba caminando, antes que nadie, se tomaba una RedBull y se pasaba horas y horas trabajando. Hasta que lo echaron.
Feglys siempre quiso irse a algún lado. A su madre, Magalys Arriba Fuentes, de 58 años, una señora cansada que se gana la vida limpiando pisos en Madrid, le prometió que algún día la iba a traer con él a los Estados Unidos. “Quería darse buena vida y dárnosla a nosotros”, dice la madre. Feglys nació en Guantánamo y fue un niño “muy penoso”. Con unos 20 años se fue a vivir a la Isla de la Juventud, donde trabajó en una empresa de cárnicos, a pesar de sus estudios de técnico medio en veterinaria. En 2019 partió junto a unos primos y una de sus dos hermanas rumbo a Rusia, y luego pasó por Macedonia, Eslovenia, Serbia, hasta que llegó a España. “Aquí nos fue muy mal”, cuenta la madre. “No consiguió papeles, ni trabajo, y regresó a Cuba en el 2022”. Para abril de 2023, Feglys se estaba yendo otra vez, a Nicaragua, para emprender una travesía hacia México. A Estados Unidos entró el 22 de julio de ese mismo año, a través de la aplicación CBP One, con la que llegaron al país casi un millón de personas.
Yamila Gainza, de su mismo pueblo en Cuba, lo recibió en su casa de Texas. Lo recuerda como un muchacho “decente” e “indefenso”. Ella misma fue quien lo ayudó a conseguir su permiso de trabajo. Luego, junto a un amigo, Feglys se fue a vivir a Denison, un sitio al que muchos migrantes se han mudado últimamente. El lugar puede resultarles frío y distante, pero llegan huyendo de los altos precios de Estados como Florida, Nueva York o California. En Denison, donde un trabajador de Smithfield —o de otra de sus fábricas de tocino, ventanas o etanol— puede cobrar 23.95 dólares la hora, una familia paga 700 dólares mensuales de renta por una casa de tres cuartos, menos de la mitad de lo que les valdría en cualquiera de esos Estados.

También hay otro beneficio de vivir en Denison. Según sus habitantes, hasta el momento nunca han visto merodeando a los agentes del Servicio Inmigración y Control de Aduanas (ICE), con sus caras tapadas, como desandan casi todo el país, en tiempos en los que el gobierno les ha dado la tarea de expulsar a los migrantes. Nadie sabe exactamente por qué no han llegado a Denison, y sus habitantes bromean con que el pueblo está en medio de la nada, lejos de todo, incluso del ICE. Pero, en caso de que llegaran, los trabajadores de Smithfield ya tienen un plan y un lugar secreto por dónde escapar.
En todo el Estado de Iowa, el ICE ha arrestado este año a casi 500 migrantes, y en Nebraska, Estado vecino, el Gobierno planea inaugurar el “Cornhusker Clink”, una versión midwestern de Alligator Alcatraz. Julia A. Cryne, abogada de migración en la ciudad de Omaha, a poco más de una hora de Denison, asegura que ha recibido varias llamadas de clientes “en pánico”, “que temen ser arrestados y detenidos, incluso cuando ya están en proceso legal para obtener su estatus migratorio”. A Cryne le inquieta la construcción del nuevo centro. “Me preocupa que el ICE haya elegido un lugar tan remoto, el cual creo que, en parte, está diseñado para dificultar que los inmigrantes tengan acceso a abogados y a las comunidades que les ayuden con sus casos”.
La abogada también ha visto cómo la cancelación de los permisos de trabajo a beneficiarios de programas como el de parole humanitario y CBP One ha traído caos al mercado laboral, principalmente en el sector agrícola. Así fue como Feglys, un día, terminó en la calle. Tras su llegada a Denison, encontró trabajo en la Smithfield. Estaba, dicen, feliz. A veces pasaba por el lado de Brenda Hernández, mientras ella trabajaba, y le cantaba unas letras o se ponía a bailar. La madre asegura que Feglys nunca fue diagnosticado con ninguna enfermedad mental, pero algunos compañeros de trabajo dicen que no estaba bien, que era “completamente funcional” y “se podía hablar con él’, pero piensan que se había vuelto loco. “Este país es duro cuando uno está solo”, dijo uno de sus conocidos. Para Brenda, Feglys más de una vez la salvó del tedio de la fábrica, del día a día, del trabajo insoportable que les provoca dolor de hombros, dolor en la columna, dolor en las manos, al punto de que muchos trabajadores terminan operados del túnel carpiano por el movimiento repetido y mecánico de todos los días.
Hace poco más de dos meses, José Luis Quiñones, un cubano de 32 años que en 2024 cruzó la frontera y llegó a Denison con su novia, vio a Feglys llorando afuera de su casa, en la silla debajo del árbol donde se sentaba a diario, al que le daba vueltas y vueltas, y por el que la gente pasaba a dejarle comida. Detrás queda el motel Ho Hum, donde Feglys pagaba unos 550 dólares al mes por un espacio pequeño, de no más de cuatro metros de largo por cuatro de ancho, sin colchón, que se fue ensuciando y descomponiendo en la medida en que Feglys también lo hizo.
José Luis, inquilino del motel, supo entonces que Feglys había perdido su trabajo en Smithfield, luego de que expiraran sus documentos. No fue el único al que le sucedió. Donald Trump mandó a cancelar los beneficios a quienes entraron al país con programas como CBP One o parole, y más de 100 personas de Smithfield quedaron desempleadas. Ray Atkinson, Director Sénior de Asuntos Externos de la fábrica, insiste en que ellos solo cumplieron “con todas las leyes y regulaciones laborales aplicables”, y que han realizado “un número relativamente pequeño” de despidos que no tendrán gran impacto en sus operaciones.
A Nicelio Pego, un cubano de 40 años, lo llamaron de la fábrica para informarle que no podía seguir sus labores, tras vencerse el permiso de trabajo que tenía como beneficiario del parole. Ahora vende en un puesto de hamburguesas, justo enfrente de donde vivía Feglys, a quien siempre le lanzaba un saludo jocoso: “Oye, ¿qué vuelta, el mío?”, le decía. Y Feglys respondía de la misma forma. “Si él no hubiese perdido el trabajo, no habría pasado esto”, se lamenta Nicelio. “Hasta yo siento miedo. Cuando me para un policía en la carretera, bajo los cuatro cristales del carro, pongo las manos en el timón, y siento temor, porque uno es latino, uno es emigrante, y ellos piensan que uno vino a ocuparles su país”.
***
El 15 de agosto de 2025, algunas horas antes del asesinato que estremecería a Denison, M. fue a llevarle almuerzo a Feglys a las afueras del motel, como había estado haciendo desde hacía días. Feglys no se encontraba allí. Le preguntó a alguien dónde lo podía localizar y le dijeron que en el parque Washington. Hacía dos noches lo habían desalojado. Llevaba dos meses y veinte días sin pagar, prácticamente desde que perdió el trabajo. Feglys había dejado de ser el hombre macizo que era antes, fuerte, bien pelado, afeitado y perfumado. El cabello le creció, desordenado, y Feglys dejó de bañarse. Ni siquiera se comunicó más con su familia. Yoandra Salgado, encargada de cobrarle la renta mes a mes, cuenta que lo desalojaron por problemas de higiene, que la suciedad molestaba a los vecinos. Pero siente que pudo haber hecho más. “Sí, debimos haberlo ayudado cuando estaba vivo”, dice.
Aquella mañana, M. lo alcanzó a ver en el parque y Feglys la recibió con entusiasmo. Agarró el pozuelo de comida y le agradeció. Le contó que estaría unos días en la explanada del parque, al lado del césped verdísimo, donde los niños de Denison montan bicicleta o juegan básquet. M. le dijo que trataría de encontrarle un refugio. Feglys le respondió lo mismo que a varios de sus otros conocidos: que agradecía la ayuda, pero lo que en realidad quería era trabajar.
—¿Tú quieres trabajar? —le preguntó M.—. Entonces hay que cortarte el cabello, las uñas y tienes que bañarte.
Feglys aceptó. J., el esposo de M., fue a buscarlo en su auto sobre las 4 de la tarde y lo llevó a su casa. Lo invitó a pasar a la ducha pero Feglys, pudoroso, prefirió bañarse en el patio. “Recuerdo que le eché shampoo en la cabeza y se puso feliz”, cuenta J. Luego le regaló un pantalón deportivo, un pulóver gris, un calzoncillo y unas chancletas, la misma ropa con la que murió. Una vez limpio, Feglys pidió que lo regresaran al parque Washington.
Varios vecinos de Denison lo vieron ese mismo día. Lo saludaron y le alcanzaron comida. Sobre las ocho de la noche, J. pasó en su auto por el parque. Feglys le hizo una seña con la mano y J. se detuvo. “Me dijo que me quería pedir un favor. Le dije que sí, que claro. Y me dijo: “¿tú crees que me puedas regalar un abrazo?”
A la mañana siguiente, el pueblo despertó con el rumor de algunos disparos y un muerto en el parque Washington. John Waite, un vecino de 51 años que vive frente al parque y que tiene un perro border collie de dos años con el que Feglys jugaba frisbee, estaba a punto de irse a la cama cuando escuchó el primer disparo. Oyó gritos. Más disparos. “Corrí a mi puerta y lo vi caer de cara en el césped”, dice.

Estaba casi oscuro, apenas alumbraba el bombillo de la cancha de baloncesto, pero pudo divisar cómo el oficial le puso la mano en el cuello para detener la sangre. No se atrevió a acercarse. “Con un policía armado que acababa de dispararle a alguien, no. Soy de Miami. He visto muchas cosas”. Luego llegó otro oficial. John supuso que el herido debía ser Feglys, el único deambulante de las calles de Denison. “Estaba sin vida, el oficial lo volteó y empezó a hacerle compresiones torácicas”. Luego llegaron la ambulancia, los bomberos y otros oficiales. Demoraron horas, según John, para trasladarlo al Hospital Memorial del Condado de Crawford.
Quienes conocen a Feglys no se explican qué pasó, cómo pudo ser posible. “A Feglys lo mataron injustamente por estar durmiendo en un parque. Si a él, que no le hacía daño a nadie, lo mataron, ¿quién está seguro aquí?”, se pregunta su amiga Madelynes de Armas, quien a cada rato le lavaba la ropa.
El incidente, que no ha acaparado los titulares de la gran prensa estadounidense, ni las campañas de los políticos de turno, tampoco se ha esclarecido hasta hoy. El departamento de Denison dijo en un comunicado que la policía respondió a una llamada de servicio en Washington Park y que Feglys “se mostró reacio a cooperar y se produjo una confrontación física”. También aseguran que el oficial “sufrió lesiones graves y disparó su arma”, y que luego fue trasladado al hospital, donde recibió tratamiento por sus lesiones y posteriormente le dieron el alta.

Pero la gente está inconforme. John asegura que, tras el tiroteo, vio al oficial caminando en el parque “con una venda en la oreja izquierda”. “No parecía gravemente herido”, dice. A Brenda Hernández, autorizada por Magalys para encargarse de su hijo, las autoridades le comunicaron vía telefónica que a Feglys le habían disparado en el pecho, el cuello y la muñeca, que el cuerpo tenía marcas de una pistola eléctrica Taser y que habían encontrado ADN de otra persona en su boca. En una videollamada hecha para que los padres de Feglys reconocieran el cuerpo, su madre solo se preguntaba a llantos: “¿Por qué le hicieron esto a mi bebé? Él no lo merecía”.
Brenda exige un informe del incidente acorde con lo que vio hace unos días. Cuando el cuerpo llegó a la funeraria del señor Michael P. Jones, se dio cuenta de que en realidad Feglys había recibido muchos más disparos de los que las autoridades han admitido. “Quiero una explicación para dársela a la mamá, lo que yo vi merece una explicación”, dice. “Esto no es que se les escapó un tiro, para mi es un tema de xenofobia, de racismo, y todo gracias a esta maldita Administración. Ya no me siento segura. Me digo: si algo me pasa ¿para qué voy a ir con la justicia, si ellos son los primeros que quieren que me largue del país?”.
***
La señora Magalys está terminando su jornada laboral en Madrid. Hoy le ha tocado limpiar una oficina. “No sé qué le pudo haber pasado a mi hijo”, dice en una llamada telefónica, y no para de llorar. “A nadie le gustaría perder un hijo de esa manera, los policías están para cuidarnos, no para matarnos”.
A pesar de que toma pastillas para apagar tanto dolor, la madre no ha pedido ni un día libre, más bien ha reservado sus tres días de vacaciones para cuando llegue Brenda. Con el dinero recogido entre los amigos, vecinos y ex colegas de trabajo de Feglys, la chica comprará un billete de avión para viajar a Madrid con la pequeña urna en la que una artista de Denison pintó una bandera cubana y una silla.
En el pueblo nada rebaja la molestia de la gente. En la silla debajo del árbol donde se sentaba Feglys, a los pies de la avenida 30, han levantado un altar con flores, osos de peluche, velas, cervezas Corona, botes de birria Tapatío y un cartel que dice: “Justicia para Feglys”. Hace unos días, decenas de vecinos marcharon juntos hasta la puerta de la estación policial, mientras pedían a gritos una explicación, que mostraran de una vez la cámara corporal del oficial, y que, por favor, les dijeran la verdad.
“Si le hizo algo a los policías, ¿por qué los policías no están soltando los videos?”, dice Brenda. Ya han sabido que, la noche del asesinato, cerca de las tres de la madrugada, los agentes de la policía despertaron a los vecinos de los alrededores para pedirles las grabaciones de las cámaras de seguridad de sus casas. Por ahora no sabrán mucho más. Catherine M. Lucas, asesora General del Departamento de Seguridad Pública de Iowa, informó que tienen un plazo de 180 días para que el fiscal emita un informe con los resultados de la revisión legal del tiroteo. “Hasta que el fiscal no emita su informe, no podemos comentar sobre ninguna investigación pendiente”, insistió.
Una semana después de la muerte de Feglys, sus vecinos, ex compañeros de trabajo y amigos se dieron cita en el parque Washington. Hay una especie de culpa colectiva que no pueden aliviar. “Lo que hicimos por él fue poco”, dicen unos. “Me siento culpable, estamos en deuda con ese muchacho”, dicen otros.
La noche cae sobre Denison, un pueblo pulcro sobre el que flota, sin embargo, el constante olor a estiércol que emana desde la fábrica Smithfield. Un pueblo silencioso, que se interrumpe a cada rato por el paso de un tren de carga que atraviesa todo Iowa. En medio de la multitud congregada con velas y flores, un pastor, el único en el pueblo dispuesto a ofrecerle una misa a Feglys, toma la palabra. Vivió dos años en la calle y sabe de qué habla. “Yo sé de la angustia, la conozco por experiencia”, dice. “Queremos ver justicia. Hay cosas que no podemos entender, no podemos asimilar. Pero sabemos que Dios le va a traer paz a esta comunidad”.
La gente asiente. Algunos se abrazan. Otros no tienen qué decir. La explanada donde dormía Feglys está vacía. Unos niños lanzan una pelota al aro de básquet. En medio de la oscuridad, se escucha una voz como una sentencia: “Es verdad que la vida es una mierda”.