
La América corporativa entra en el segundo año del segundo mandato de Donald Trump con una nueva lección aprendida a la fuerza: las intervenciones personales del presidente pueden moldear los negocios con tanta profundidad como cualquier fuerza económica. Trump ha sorprendido a Wall Street al pedir un tope del 10% de los intereses de las tarjetas de crédito. Está presionando a las empresas energéticas para que reconstruyan la deteriorada infraestructura petrolera de Venezuela. Y la investigación penal de su administración contra el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, amenaza la futura independencia de la política monetaria estadounidense. Trump ha pasado el último año dinamitando las normas que tradicionalmente regían la relación entre el Despacho Oval y los grandes titanes económicos.
Pero, hay señales de que algunos ejecutivos le empiezan a plantar cara. JPMorgan afirmó el martes que “todo está sobre la mesa” para combatir la directiva de Trump sobre las tarjetas de crédito. Y cuando los ejecutivos petroleros se reunieron en la Casa Blanca para debatir sobre Venezuela, el director ejecutivo de Exxon Mobil, Darren Woods, calificó al país de “ininvertible”, una rara muestra pública de disidencia que rápidamente provocó una reacción negativa del presidente.
Esta tensión define hoy el entorno operativo de las empresas, que recalibran constantemente su estrategia, sopesando cuándo mostrar lealtad política frente al riesgo de dañar el precio de sus acciones o su reputación. Los caprichos de Trump llevan el peso de las fuerzas del mercado, remodelando los flujos de capital, las cadenas de suministro y el propio equilibrio de poder entre empresas y gobierno. Para los consejeros delegados, eso significa adoptar estrategias para enfrentarse al presidente más intervencionista en casi un siglo.
Trump ha aportado una “personalización sin precedentes de los asuntos gubernamentales y empresariales”, dice Jonathan Levy, historiador de Sciences Po especializado en capitalismo y economía estadounidense. “Trump busca gobernar de forma patrimonial. La lealtad debe ser hacia él, no hacia las leyes e instituciones. Su autoridad está arraigada en su personalidad. Gobierna haciendo que otros dependan y sean sumisos a él”.
Los presidentes siempre han presionado a los líderes empresariales para que respalden sus agendas, aunque pocos lo han hecho con tanta crueldad como Trump. Franklin D. Roosevelt impulsó el New Deal en medio de una feroz oposición de Henry Ford y otros industriales de la época. El Departamento de Justicia de Bill Clinton presionó a Microsoft y a su consejero delegado Bill Gates, sentando precedentes en la lucha contra los monopolios. El presidente Joe Biden mantenía una relación fría con los principales líderes empresariales: algunos se molestaron por su impulso antimonopolio, las regulaciones climáticas y su apoyo explícito a los sindicatos. En lugar de consultar a titanes corporativos, Biden solía buscar la perspectiva económica de líderes sindicales o votantes de su Estado natal, Delaware. Excluyó a Elon Musk, de Tesla, de un evento en la Casa Blanca en 2021 con fabricantes estadounidenses para presentar los objetivos de vehículos eléctricos, un desaire que muchos consideran clave en el giro derechista del multimillonario.
En ese contexto, el regreso de Trump al poder encontró a una comunidad empresarial receptiva a un estilo distinto. Ese cambio fue visible en su investidura, donde Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai y otros multimillonarios ocuparon escaños destacados, una escena impensable tras el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, cuando Trump fue prácticamente excomulgado del mundo corporativo.
Taylor Budowich, que fue subjefe de gabinete en la Casa Blanca hasta septiembre, sostiene que Trump se centra en impulsar la economía estadounidense y que los empresarios deberían entenderlo así. “Puede que no coincidan en todo, pero él quiere sinceramente que sus empresas —y sus trabajadores— se beneficien enormemente de su administración”, afirma. “La puerta siempre está abierta, y muchos consejeros delegados se han sentado frente a él para defender su posición. Y eso ha tenido efecto”.
Trump se enfrenta en 2026 a una caída en su popularidad, inflación persistente y elecciones legislativas cruciales, pero dada su tendencia a ignorar las convenciones políticas es poco probable que deje de usar su poder para inclinar la política empresarial a su favor. Además del decreto sobre tarjetas de crédito y Venezuela, Trump ha declarado que los inversores institucionales ya no podrán comprar viviendas para alquilarlas. También exigió que los grandes contratistas de defensa suspendan dividendos y recompras de acciones hasta aumentar la producción, señalando directamente a RTX.
Por ahora, el mercado bursátil ha encajado la turbulencia con relativa calma: el S&P 500 apenas ha variado este año. Pero eso no ha reducido la ansiedad en los consejos de administración. Casi ningún consejero delegado está dispuesto a hablar públicamente del impacto de las injerencias de Trump. Organizaciones empresariales tradicionales como la Business Roundtable o la Cámara de Comercio han declinado hacer comentarios públicos. Sin embargo, entrevistas con más de una docena de ejecutivos, lobistas, expertos en comunicación y personas cercanas a la Casa Blanca —muchos bajo anonimato— revelan las estrategias en marcha: canales alternativos, gestos de aquiescencia y diplomacia extrema. Podríamos llamarlo la Guía del consejero delegado para gestionar a Trump.
Trump es conocido por dar su número personal a ejecutivos. Es uno de los pocos presidentes accesibles directamente por móvil. En su primer mandato, elogió a Tim Cook diciendo: “Es un gran ejecutivo porque me llama; otros no lo hacen”. En octubre, Trump afirmó que canceló el envío de tropas federales a San Francisco tras recibir llamadas de “amigos” de la zona, citando a Jensen Huang (Nvidia) y Marc Benioff (Salesforce). “Le guste o no, es accesible”, dijo Scott Kirby, director ejecutivo de United Airlines en una entrevista en septiembre con Bloomberg News. “Eso no significa que vaya a estar de acuerdo contigo, pero puedes conseguir que se comprometa”.
Aun así, el acceso es hoy más limitado que en su primer mandato y muchos máximos directivos sin línea directa temen que cualquier conversación pueda dar un giro inesperado, según afirma una persona familiarizada con el funcionamiento de la Casa Blanca. Menos arriesgado es contactar con la jefa de gabinete, Susie Wiles, o con secretarios como el de Tesoro, Scott Bessent, o el de Comercio, Howard Lutnick. También destacan los grandes lobistas del entorno MAGA, como Brian Ballard o Jeff Miller, con acceso privilegiado a los poderosos funcionarios de Trump y al propio presidente, gracias en parte a su prolífica recaudación de fondos.
Pero no todos los directores ejecutivos tienen a Bessent en su agenda y la lista de clientes de Ballard está ahora repleta de empresas de primer orden, como Chevron y el bufete de abogados Kirkland & Ellis. Como alternativa, los ejecutivos pueden ponerse en contacto con miembros del personal de la Casa Blanca, de menor perfil, para discutir cuestiones de política. “Los líderes empresariales a menudo se acercan al presidente Trump porque saben que tienen un aliado pro-empresarial”, dice el portavoz de la Casa Blanca, Kush Desai. “Pero aunque el presidente Trump siempre está dispuesto a escuchar a la comunidad empresarial, el único factor que guía su toma de decisiones es el mejor interés del pueblo estadounidense.”
Amistad con tecnólogos
Jugar con los caprichos de Trump puede ser un acto discreto o explícito. Hoy escucha menos a los banqueros neoyorquinos y más a tecnólogos y figuras libertarias como Peter Thiel. Ha estrechado lazos con Jensen Huang, de Nvidia, invitado incluso a un banquete que el rey Carlos III organizó para la visita de Trump al Reino Unido en septiembre, al igual que Tim Cook, de Apple, y otros directores ejecutivos estadounidenses. Esa relación dio frutos días después, cuando la Casa Blanca anunció que permitiría la exportación de uno de los chips más avanzados de Nvidia a China.
Otras empresas optan por reorganizar sus equipos para evitar conflictos. En Apple, Lisa Jackson —exresponsable de la Agencia de Protección Ambiental con Obama— ha reducido su exposición y ha delegado el trato con la administración. Está previsto que se retire de Apple a finales de este mes.
El contacto personal directo es clave para quien puede permitírselo. Antes de su oferta por Warner Bros Discovery, el co-consejero delegado de Netflix, Ted Sarandos, se reunió con Trump. Y poco antes de la contraoferta de Paramount, David Ellison fue visto charlando con el presidente. Para reuniones formales, un regalo nunca viene mal. En busca de una exención de los aranceles sobre los semiconductores fabricados en el extranjero, Tim Cook le regaló a Trump una placa de cristal con el logotipo de la empresa colocado sobre una reluciente base de oro de 24 quilates. Y cuando una delegación de ejecutivos suizos visitó el Despacho Oval en noviembre para presionar por un alivio arancelario, le entregaron al presidente un reloj Rolex de oro. “Trump se mueve principalmente por el beneficio personal”, dice Jacob Funk Kirkegaard, del think tank Bruegel. “Es un príncipe medieval. Hay que halagarlo”.
Encontrar un asiento en la mesa de Trump es solo el primer paso: lo que un consejero delegado diga a continuación importa más. Trump valora las empresas que prometen empleo e inversión en EE UU. No lee informes extensos y aprecia explicaciones simples, mejor si son visuales. “No metas la mano en la batidora”, advierte David Urban, director general de la empresa BGR Group y asesor de las campañas presidenciales de Trump. “Si entras y expones tu caso sin ser combativo, sin duda tendrás una audiencia justa del presidente y su equipo”.
Otra opción es simplemente guardar silencio. Doug McMillon, de Walmart, no respondió públicamente cuando Trump ordenó a la empresa “aceptar los aranceles” en una publicación de Truth Social después de que el mayor minorista del mundo dijera que el aumento del coste de las importaciones podría obligarla a subir los precios. Trump no volvió a señalar a Walmart.
Trump afronta su segundo mandato con un ecosistema bien desarrollado de influencers conservadores, publicaciones y podcasts dispuestos a amplificar su mensaje. Y cuenta con un ecosistema mediático propio: desde la web WHWire hasta las redes sociales centradas en X. El caso de Coca-Cola ilustra el nuevo escenario. Trump anunció que la empresa usaría “azúcar de caña real” en EE UU, algo que sorprendió incluso a la compañía. El ejecutivo James Quincey acabó convirtiendo la intromisión de Trump en una oportunidad de marketing y anunció un nuevo producto que utiliza la caña en vez de el sirope de maíz habitual. Lo mismo hizo Eli Lilly al anunciar un nuevo medicamento para adelgazar en Fox Business. “Queremos trabajar con la administración y con otros que quieren que América vuelva a estar sana y llevar estos medicamentos a más pacientes”, dijo Dave Ricks, consejero delegado de Eli Lilly.
En el Washington de Trump, todo depende de lo que una empresa pueda dar —o ceder—. El ejemplo más extremo es Intel: tras presionar a Lip-Bu Tan, su consejero delegado, el Gobierno acabó adquiriendo casi 9.000 millones de dólares en acciones, convirtiéndose en uno de sus principales accionistas. Un giro radical respecto al libre mercado tradicional presentado por la Casa Blanca como un modelo replicable. Muchas otras empresas buscan su favor con donaciones o promesas de inversión, incluso patrocinando el 250 aniversario del país. “A las empresas les gusta hacer eso, porque es menos probable que alejen a empleados o accionistas”, dice Tevi Troy, historiadora presidencial que sirvió en la administración de George W. Bush.
Otras ayudan a sufragar los gastos del salón de baile de la Casa Blanca. Entre las empresas que han contribuido a los 400 millones de dólares (y subiendo) que cuesta el proyecto se encuentran Altria, Amazon, Caterpillar, Comcast, Google y HP, entre otras. La Bolsa de criptomonedas Coinbase, el contratista de defensa Lockheed Martin y la empresa de análisis de datos Palantir Technologies patrocinan ambas cosas.
Ausente de estas listas está el titán de Wall Street JPMorgan, cuyo consejero delegado, Jamie Dimon, dijo a CNN que era “bastante consciente” del riesgo de “hacer cualquier cosa que parezca comprar favores”. Dimon es un caso raro de directivo que tiene suficiente influencia como para poder expresar en gran medida su opinión sobre Trump. La mayoría de la América corporativa no tiene ese lujo.
A pesar de sus nuevas estrategias y relaciones cuidadosamente gestionadas, los directivos pueden encontrar este año el más difícil de afrontar hasta ahora. “Estamos entrando en un momento sin precedentes con Trump, ya que su viabilidad política está más amenazada hoy que nunca”, dice Phil Singer, consultor de comunicación corporativa y exasesor de Chuck Schumer, Hillary Clinton y otros líderes demócratas.
Un manual de juego solo funciona cuando hay reglas claras para el juego, pero Trump puede cambiarlas en cualquier momento. Se recomienda a un consejero delegado que trace su estrategia a lápiz, no con bolígrafo, y que tenga una goma de borrar a mano.
Este texto es una versión editada de la de Bloomberg.