Ninguna empresa en la historia ha generado tanto valor para los accionistas como Nvidia, el gigante estadounidense de chips cuya capitalización asciende estos días a unos 4,4 billones de dólares. “Su ascenso ha sido tan rápido que los inversores aún pronuncian mal su nombre”, ironizaba hace algún tiempo The Economist. Su espectacular crecimiento ha batido todos los récords, incluso pese a que su fundador, Jensen Huang, diga que la IA no funciona de manera muy distinta a como lo hace un microondas. Esta semana, tras la presentación de resultados del miércoles, el fabricante de chips —cuyos ingresos, de 47.000 millones, crecieron un nada despreciable 56%, algo parecido a lo que avanzó su beneficio— llegó a sufrir caídas del 5% en Bolsa. El pesimismo tuvo que ver básicamente con cómo los inversores están manejando las expectativas, porque la guerra comercial puede arruinar el negocio de la empresa en China y porque sus grandes clientes están invirtiendo en sus propios chips, así que con el tiempo podrían depender menos de Nvidia. También hay muchas dudas sobre si sus superchips de IA y unidades de procesamiento gráfico van a llegar a colapsar la red eléctrica en EE UU, el principal mercado del grupo, a medida que entren en funcionamiento.
El resbalón no solo lo sufrió Nvidia. Vino precedido de un agosto turbulento en el que se dio a conocer un estudio publicado por el MIT que indicaba que el 95% de las empresas que implementan IA generativa no logran todavía rendimientos significativos. Tras años de crecimientos espectaculares de las empresas de IA en Bolsa, eso hizo temer que se cumpliese la ley del péndulo. Palantir, la firma de consultoría de datos adorada por Donald Trump que capitaliza 374.000 millones, sufrió las presiones de los bajistas y otros gigantes como Oracle (con un valor de 675.000 millones), el fabricante de chips Advanced Micro Devices o el de semiconductores Arm sufrieron jornadas de fuertes retrocesos.
Nadie oculta que el mercado tecnológico está muy caliente, y eso se está transmitiendo a los pequeños inversores. Para Nicolás del Río, analista de Activotrade, los resultados de Nvidia refuerzan la narrativa sobre el potencial transformador de la IA. “Sin embargo, ya podemos observar que el mercado empieza a demandar mayores exigencias tras una primera etapa de euforia”.
¿Estamos presenciando el comienzo de una burbuja? “La respuesta, creo, requiere más matices que un simple sí o no”, contesta por escrito Lale Akoner, analista de mercados de eToro. “Las valoraciones son elevadas, el optimismo es abundante, pero las características de la manía absoluta, es decir, la euforia universal o la compra indiscriminada, aún no son dominantes”. Lo que ve este experto es un mercado que se apoya en suposiciones optimistas sobre tecnologías cuya economía a largo plazo aún es incierta. Suena a burbuja puntocom. Por eso Jensen Huang quiso poner el acento en que, según sus cálculos, el mundo gastará en IA hasta cuatro billones de dólares hasta finales de la década.
Antonio Fernández Quesada, director de inversiones de la gestora Tesys, también opina que, en términos generales, no hay burbuja. “Si bien hay muchas compañías distintas, con modelos y valoraciones muy diferentes donde algún caso puede ser más extremo, pero en conjunto no veo una burbuja generalizada”. Recuerda que en la capa de infraestructura, empresas como Microsoft, Amazon y Alphabet están invirtiendo ingentes cantidades en la nube y en centros de datos para sostener la demanda de cómputo provocada por la IA. “En mi opinión, más allá de la inteligencia artificial, se trata de negocios robustos y diversificados, con productos y servicios únicos en publicidad, software, comercio electrónico y en servicios en la nube, entre otros”.
Estas big tech, prosigue, operan con flujos de caja elevados, balances sólidos y fuertes ventajas competitivas, “lo que genera que históricamente coticen a múltiplos exigentes como el del momento actual, pero sin que necesariamente exista una burbuja”. En el negocio de chips piensa que, aún con valoraciones altas, se trata de empresas únicas (las citadas Nvidia o AMD. “Donde sí pueden existir burbujas es en algunas compañías con expectativas muy elevadas, como Palantir”, sospecha. De hecho, en la cartera de esta gestora estuvo la firma de procesamiento de datos norteamericana, pero vendieron su posición a finales de 2024.
Otras voces también son críticas con según qué empresas. El profesor de la UPF-BSM Xavier Brun recuerda que la IA abarca más sectores que el tecnológico o de semiconductores. Y ahí muchos ahorradores pueden pisar terreno pantanoso. “Una compañía es como un piso, si me dices en qué barrio de qué ciudad se encuentra, lo que haré para calcular su valor aproximado será multiplicar los metros cuadrados por el precio medio de la zona. Con las empresas pasa igual: cotizan a múltiplos [sobre beneficios], y hay algunas, como Siemens Energy, que en el último año han multiplicado casi por cuatro su valor, o Schneider Electric”. Esta última gestiona sistemas automatizados de energía y que ha anunciado que colaborará con Nvidia para atender a la demanda de infraestructuras preparadas para la IA.
Sucede que la inteligencia artificial es viento de cola para algunos actores del ecosistema, que va desde los semiconductores hasta los aires acondicionados que se necesitan para refrigerar centros de datos, enchufes que pasan de alto a bajo voltaje o los cables de la generación eléctrica. “No hay euforia, no la veo. Sí hay expectativas de crecimiento elevadas, múltiplos que exigen entre cinco y siete años de crecimiento a doble dígito para justificar las valoraciones”, insiste Brun.
Ganadores y perdedores
Por mucho que la inversión en inteligencia artificial esté rodeada de interrogantes, hay compañías que ya están sintiendo en Bolsa efectos devastadores gracias al poder de sus promesas. Teleperformance es una empresa francesa de teleoperadores que facilita servicios de marketing y centralitas de respuesta a clientes. Emplea, según su último informe anual, a 490.000 personas en todo el mundo. Sus acciones llegaron a cotizarse a 392 euros en 2021 y ahora rondan los 60 euros: ha perdido 20.000 millones de capitalización bajo la amenaza de que, en el futuro, los robots de IA sustituirán a sus teleoperadores, según datos de InvestingPro.
Eso lleva a otra pregunta: ¿a qué ritmo incrementará la productividad de las empresas? Lo que ocurrió en las grandes revoluciones tecnológicas del pasado aporta lecciones para el presente, opina el profesor de la UPF-BSM: “Estamos viviendo la etapa de la adopción de la tecnología, en una revolución que se inició a principios de este siglo. Estamos al principio de una curva que tiene forma de S y que se acelerará”. ¿Con menos trabajadores? “En general, si nos basamos en la teoría de la destrucción creativa de Schumpeter, la respuesta es no”.