
La atención es un recurso limitado en nuestra mente, lo cual hace que cosas obvias y evidentes puedan fácilmente pasar inadvertidas. En uno de los experimentos de psicología más famosos, un vídeo muestra a dos equipos de tres baloncestistas, uno con camiseta blanca y otro con camiseta negra, pasarse varias pelotas en un espacio reducido, y se pide a los participantes en el experimento que cuenten cuántos pases completa el equipo blanco durante dos minutos. La mayoría de los participantes son capaces de contar los (15) pases correctamente, pero luego viene la pregunta relevante: ¿viste al gorila? Y resulta que la mayoría de los participantes, enfocados en el equipo blanco, no vieron a una persona disfrazada de gorila negro que se paseaba por la cancha.
En el contexto actual de exceso de información creado por las redes sociales, y de estrategias políticas de desinformación, que amplifican lo negativo, no es sorprendente que a los ciudadanos les cueste “ver al gorila” y desconozcan, o ignoren, los fundamentos positivos de la economía. Esta es una diferencia fundamental entre el análisis que subyace al comportamiento positivo de los mercados financieros y la percepción negativa de los ciudadanos.
La secuencia de eventos de los últimos cinco años ha sido extraordinaria: una pandemia que amenazaba nuestra existencia, un cierre económico repentino sin precedentes, una rápida reapertura que atascó las cadenas de suministro mundiales, una invasión rusa de Ucrania que sacudió el mercado de materias primas, una aceleración de la inflación no vista desde los años 1970, unas subidas de tipos de una rapidez y magnitud que daban miedo, el mayor aumento de aranceles en EE UU desde los años 1930, y el desmantelamiento repentino del orden geopolítico internacional.
Es una secuencia mareante. Y, a pesar de ella, la economía global apenas ha sufrido un rasguño: inicia 2026 con niveles del PIB que no han perdido ritmo respecto a la tendencia previa a la pandemia, con tasas de crecimiento del PIB en torno al potencial, con el desempleo a los niveles más bajos de las últimas décadas, con la inflación muy cerca del objetivo y las expectativas de inflación bien ancladas, y con los tipos de interés en torno a su nivel neutral. Ha sido un aterrizaje muy difícil, pero muy exitoso.
Y no solo se han evitado daños permanentes. El crecimiento de la productividad parece que se está acelerando —no solo en EE UU, sino también en Europa y en España—. Hará falta tiempo para confirmarlo y entender bien las razones, que pueden ser varias. Los periodos turbulentos son caldo de cultivo de la innovación: por ejemplo, la productividad en el sector de la restauración en EE UU ha aumentado tras la pandemia debido a la proliferación de los pedidos de comida para llevar, que permite a los restaurantes generar un mayor volumen de ventas con el mismo empleo. Seguro que las nuevas tecnologías están contribuyendo a la mejora de la productividad, y queda mucho camino por delante en el desarrollo de estas aplicaciones en el terreno de la robótica. Y este es un fenómeno mundial: recordemos que no hace falta ser líderes en la producción de una tecnología para beneficiarse de ella, lo importante es tener las condiciones necesarias para beneficiarse de la difusión de la tecnología.
La positiva evolución de la economía y los mercados bursátiles, a pesar del ruido político, refleja este panorama optimista. Recuerda un poco a los inicios de los años 1990, pero hay tres diferencias importantes.
La primera, el punto de partida en los noventa era más frágil. EE UU se estaba recuperando de dos décadas económicamente muy difíciles, el euro no existía, los bancos centrales apenas contemplaban la adopción de objetivos de inflación, Japón estaba sumido en su crisis deflacionista, los mercados emergentes eran frágiles —recordemos la crisis de balanza de pagos asiática, la suspensión de pagos rusa, la hiperinflación en Brasil y en Argentina—. Ahora el contexto de política económica, con un euro sólido, unos bancos centrales con varias décadas de credibilidad contra la inflación, los países emergentes con marcos de política económica creíbles, y China contribuyendo al desarrollo tecnológico mundial, es mucho más robusto.
La segunda, la revolución tecnológica de los años noventa coincidió con la globalización y la incorporación de China a la economía mundial, que amplificó su efecto desinflacionista. La revolución tecnológica actual coincide con una incipiente desglobalización, tanto de comercio como de inmigración, que podría neutralizar su efecto desinflacionista y evitar una recaída a los tipos de interés cero.
Finalmente, la revolución tecnológica de los años noventa la lideraban empresas pequeñas o con estructuras de gestión frágiles, y no era obvio para qué serviría internet, había una gran cantidad de experimentación. Las empresas que lideran la revolución tecnológica actual son punteras en su sector y con estructuras de gestión profesionalizada, y hay un camino claro de desarrollo tecnológico, es una cuestión de tiempo y de disponibilidad de recursos, sobre todo de recursos energéticos.
Es una base sólida para mirar al futuro. Por eso extraña el pesimismo que parece enquistado en ciertas partes de la sociedad, y que algunos tratan de amplificar. Es cierto que, como es típico en momentos de rápido progreso tecnológico, es una expansión económica desigual, donde los trabajadores más cualificados y los tenedores de activos se benefician más. Es cierto que los precios de la vivienda, y los alquileres, se han distanciado de los salarios en ciertas ciudades. Es cierto que la inteligencia artificial afectará negativamente al empleo en ciertos sectores.
Pero eso no implica un negativismo determinista, sino la necesidad de adaptarse para aprovechar las oportunidades —por ejemplo, entender que la inversión en activos con riesgo es algo necesario para acceder a los beneficios del progreso tecnológico, o que no todas las oportunidades de empleo tienen que estar concentradas en el centro de unas pocas ciudades— y adoptar políticas económicas que faciliten el ajuste, como aumentar la oferta de vivienda o descentralizar regionalmente la actividad.
También es debatible afirmar que los jóvenes de hoy en día, con el desempleo más bajo de las últimas décadas y un acceso ilimitado a la tecnología y a la información, tengan una perspectiva económica más negativa que la que tenían en su momento los jóvenes de los años noventa, cuando apenas había internet y los ordenadores solo empezaban a aparecer, las hipotecas estaban al 15%, el coste del transporte era infinitamente superior y plagado de fronteras, los mercados de trabajo eran mucho más escleróticos, las opciones educativas más limitadas, y las perspectivas de crecimiento mucho más inciertas. O que sus perspectivas sean peores que las de los jóvenes que accedieron al mercado de trabajo durante la crisis del euro, con el paro por encima del 20%. La evidencia empírica muestra que lo peor que les puede pasar a los jóvenes es acceder al mercado de trabajo durante una recesión —y la situación actual es lo opuesto a una recesión—.
El presidente italiano, Sergio Mattarella, en su intervención de fin de año, mandó un mensaje claro a los jóvenes: “Se os describe como tímidos, distantes, enfadados; no os resignéis. Sed exigentes, valientes. Elegid vuestro propio futuro”. Esa es la clave: enfocarse en el “gorila”, y no en el ruido pesimista, destilar y entender los muchos aspectos positivos en la situación actual, y obrar en consecuencia.