Un barril de petróleo (Brent) tiene una capacidad de 159 litros. Si la guerra en Oriente Próximo mantuviese la volatilidad, su precio podría ir casi a la par, a entre 140 y 157 dólares. Es el escenario de “gran perturbación” que divisan los peores pronósticos del Banco Mundial y podría empujar la cotización de crudo por encima del máximo histórico de 148 dólares que tocó en 2008, cifra un informe de Renta 4.
Pero quizá no llegue la sangre al río, como auguran los precios de venta a futuro del barril, y la guerra entre en una desescalada que haga posarse la cotización. En cualquier caso, las petroleras están siendo claras ganadoras: desde el 28 de febrero, inicio de los bombardeos contra Irán, ExxonMobil y Chevron avanzan un 4% y 8% en Bolsa. En Europa, Shell gana un 11%; Total Energies o BP se han disparado más de un 15% y las acciones de la italiana Eni han subido un 20%. Repsol se lleva la palma, con un crecimiento del 28%, alejada de la guerra, pero cerca del poder. Porque a Oriente Próximo, la española tiene una exposición “muy baja”, según su consejero delegado, Josu Jon Imaz. En cambio en Estados Unidos posee grandes activos y grandes planes.
Hace unos días Imaz presentaba al mercado la actualización de la hoja de ruta de la compañía hasta 2028. Un barril a 65 dólares (su escenario central) hará posible una lluvia de millones para los accionistas, más producción, más rentabilidad en cada barril y una inversión más ajustada. El mercado ha premiado la revisión estratégica y el rumbo de Repsol más allá del conflicto iraní: las acciones de la compañía han duplicado su precio en el último año.
Esta semana, según datos de Bloomberg, sobre el valor recaían 13 recomendaciones de compra, 15 de mantener las acciones en cartera y solo tres aconsejaban vender. “Observamos una transformación positiva en Repsol”, resumen los analistas de Barclays en un informe del 10 de marzo. “Prevemos que crecerá impulsado por un sólido dinamismo operativo”. Misma letra en la canción que entona Pilar Aranda, analista de Bankinter. “Se beneficiará de un entorno más positivo para el petróleo y el gas en un contexto de tensión geopolítica muy elevada y guerra en Irán, lo que le favorece, porque no tiene activos en la zona y el conflicto implica un alza de los precios”.
Sara Hernando, directora de Análisis de Kutxabank Investment, también coincide en la coherencia que lleva demostrando la empresa desde 2018, con focos claros en remunerar al accionista, vigilar el endeudamiento y controlar la inversión. Pero cree que la acción no tiene mucho más recorrido, por lo que recomienda mantenerla en las carteras para aprovechar esos vientos de cola para el petróleo: “Nunca se sabe cuánto puede durar el conflicto”. También destaca que Repsol ha pisado el freno en las inversiones que destina al área de generación baja en carbono.
Las palabras mágicas para la compañía son “generación de flujos de caja” (CFFO, por sus siglas en inglés), la base para seguir creciendo. Con ello conseguirá, dice la empresa, 6.500 millones en 2028, un 20% más que el año pasado. Frente a los 548.000 barriles diarios que extrajo en 2025 podría llegar a una horquilla entre 580.000 y 600.000. Dedicará a exploración y producción de crudo una inversión de entre 2.600 y 3.000 millones de euros, de los cuales aproximadamente el 80% se concentrará en Estados Unidos. En Alaska y el Golfo de México (“Golfo de América” para Imaz siguiendo la nomenclatura trumpista) encontrará ese crecimiento inmediato que busca, pasando de los actuales 184.000 barriles a 230.000 o 240.000 en dos años.
Mientras, su cartera internacional le seguirá ofreciendo flexibilidad de recursos a través de la decena de países donde la multinacional obtiene petróleo, desde Brasil a Libia pasando por Venezuela. Un mapa que, por cierto, se ha ido reduciendo a casi la mitad para centrarse en los que consideran más rentables. El consejero delegado fue claro al hablar sobre Venezuela, país que tiene las mayores reservas de crudo del mundo. “Estamos convencidos de que se abre un horizonte de esperanza, no solo en términos de negocios, sino en política, para la sociedad. Entramos en una nueva situación y queremos ser parte de esa transformación”, señaló el directivo en la presentación a inversores. Nadie le preguntó por dilemas éticos. Según él, el gobierno de Venezuela está en sintonía con la ambición de Repsol y la Administración de EE UU ha hecho posible esa apertura, de ahí que estén dispuestos “a triplicar la producción”, como le dijo al presidente estadounidense el pasado 10 de enero en la Casa Blanca.
Cambios en Venezuela
En el país caribeño, donde la compañía extrae sobre todo gas, la maquinaria institucional se mueve, como apunta el consultor Henry Jiménez en un análisis recogido por Agenda Pública. Cuatro días después de llegar a la presidencia interina tras el secuestro de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez firmó el primer decreto eximiendo de IVA y otros tributos a las importaciones y venta de combustible. Veinte días más tarde promulgó la reforma de la Ley de Hidrocarburos, modificando el marco fiscal y contractual del sector petrolero para atraer inversión extranjera. De manera casi paralela, la Oficina de Control de Activos Extranjeros de EE UU comenzó a emitir licencias a las petroleras (entre ellas, a la española) para aliviar el régimen de sanciones energéticas. Y el 13 de marzo Repsol firmaba con la presidenta interina otro acuerdo para producir y exportar gas.
En un mundo más violento e imprevisible, los astros del crudo se alinean. “Los ciudadanos de Venezuela necesitan de este sector para transformar el país”, piensa Imaz. La petrolera también lo necesita para recuperar parte de los 4.550 millones en facturas pendientes de cobro de PDVSA, el monopolio estatal, y provisiones contables que ha ido realizando por el deterioro de sus activos desde la nacionalización en 2007. Hernando ve potencial de crecimiento siempre y cuando sigan con la idea de “invertir solo el cash que tienen ahí y no introducir más”. El impacto, analiza Virginia Romero, de Banco Sabadell, no será tan visible a corto plazo, ya que opera con join ventures de las que recibe dividendos. “Tampoco supondría mucho en términos de deuda, aunque sí en producción”, resalta en un análisis eviado a clientes. En cualquier caso, la actualización de su plan estratégico no incluye los eventuales rendimientos en ese país.
Al mercado le queda una duda: se da por hecho que en algún momento se producirá lo que llaman evento de liquidez, que podría ser una fusión, la llegada de socios o la compra de una empresa que pueda empezar a cotizar en EE UU. Quieren conseguir con ello otros 1.000 millones. Más gasolina para la cuenta de resultados.