
La inteligencia artificial (IA) está transformando la forma en que nos comunicamos, accedemos a la información y trabajamos, la manera en que se distribuyen los ingresos y el estatus, e incluso el modo en que libramos las guerras. Sin embargo, el debate público sigue centrándose de forma limitada en la competencia entre los laboratorios de IA o en debates abstractos sobre las capacidades de la tecnología. Casi nadie se pregunta qué propósito debería cumplir la IA, o si nuestra mentalidad, nuestras instituciones y nuestros mecanismos de control actuales son capaces de orientar la tecnología hacia mejoras generalizadas del bienestar humano.