
Da igual cómo de deportista —en activo o de sofá— sea uno: los Juegos Olímpicos son de esos eventos a los que ir una vez en la vida. Así que muy felices se las veían los vecinos de Los Ángeles cuando, a finales de 2025, supieron que tendrían acceso preferencial a una venta de entradas para sus terceros Juegos, los de verano de 2028. A principios de enero comenzó el registro, previa comprobación del código postal. Había que esperar hasta finales de marzo, cuando abriría el periodo de compra. Pues bien, la espera ya ha acabado. Y la esperanza.
Comprar entradas para los Juegos ha sido una frustración cívica común. Y eso en una ciudad acostumbrada tanto a hacer largas filas como a pagar cantidades ingentes de dinero por todo, de un té matcha a un concierto de Taylor Swift. Los problemas empezaron antes incluso de comprar. Algunos residentes recibieron correos de confirmación, otros no, no estaba claro el motivo. Después, se supo que había un decalaje de varios días, dando citas para comprar en distintas jornadas. Quienes no tuvieron ese mail, pudieron entrar en una compra posterior (espóiler: ahí no quedaba nada). Según informa la oficina de LA28 —así se hace llamar— a EL PAIS, más de cinco millones de personas se registraron para la compra.
Los correos daban cita para comprar durante 48 horas, hasta 12 tickets en total, cuatro por evento. Una vez en su sesión, el usuario podía escoger sus deportes favoritos, mandarlos a su la cesta de la compra y, en solo 30 minutos, decidir zona (no hay asientos asignados, por ahora) y precio y pagar. La venta empezó la tarde del 2 de abril, Jueves Santo, con asientos desde 28 dólares. Pero esos los cataron pocos, apenas quienes tuvieron la suerte —parece que por azar— de entrar en los primeros turnos de compra. A partir del viernes por la tarde, todo se complicó.
Los angelinos encontraron que esas entradas de precios normales habían desaparecido y no se reponían. Las demás tenían precios estratosféricos o, directamente, no existían. Para la ceremonia de clausura, únicamente quedaban boletos por 5.000 dólares. Para la de apertura, todo desapareció en minutos. En su día, las más baratas, un espejismo, partieron de los 328 dólares, subiendo, según categorías hasta los 5.500 (y pasando por 500, 700, 1.000, 1.600, 2.600 y 3.900). No hay angelino que haya alcanzado a avistarlas.
La desesperanza iba más allá de las ceremonias. Las entradas para las finales —de gimnasia, fútbol, atletismo, tenis, masculinas, femeninas, mixtas— desaparecieron con los primeros que compraron. Nunca hubo más, tras los primeros turnos. En la web, podían seguir viéndose los precios; si algo quedaba, era de las categorías más altas: más de 600 dólares por la final femenina de natación artística, a una hora al sur de la ciudad; más de 1.300 la final de fútbol femenino o masculino, a una hora al norte. Muchas fases preliminares estaban agotadas o a precios muy elevados. Y las redes sociales se llenaron de comentarios críticos, quejándose de que parece que el acceso es solo para los más adinerados.
Y luego está la cuestión de los impuestos. Cada una de las entradas tiene un tipo impositivo del 24%, que vecinos y prensa local califican de abusivo. EL PAÍS se ha puesto en contacto con los organizadores para conocer el motivo y el destino de este impuesto. Por toda respuesta afirman que esas “comisiones de servicio”, como las llaman, “se ajustan a las prácticas habituales del sector de la venta de entradas para eventos en directo en EE UU”, y que cubren “los costes derivados de procesar y entregar con seguridad de las entradas, como el desarrollo de la plataforma de venta, la atención al cliente, el procesamiento de pagos, la gestión de pedidos y la distribución”. Además, argumentan que el usuario conoce el precio con impuestos desde el principio. Pero eso no justifica que una cuarta parte del precio, ya de por sí alto, sea de tasas. Y por cierto, quien quiera una entrada en papel, ha de pagarla: a casi 20 dólares por cabeza y evento.
Las comparativas tampoco dejan a Los Ángeles en buen lugar: en París 2024, era fácil conseguir entradas por menos de 100 euros (incluidas finales), y para la ceremonia de clausura costaban apenas 220, compradas con días de antelación; un 5% de las actuales.
La historia se repite con los precios para el Mundial de Fútbol de este verano. En Los Ángeles, la categoría más barata para semifinales costaba (aunque el precio variaba según el país de origen de cada fan) unos 1.000 dólares; para la final, 5.000. Eso, las baratas: las más caras rozan los 11.000, subiendo mes a mes. La reventa está imposible. Una asociación de consumidores de fútbol europea ha llegado a poner una queja formal contra la FIFA por los precios.
Todo ello unido a que la ciudad no está, ni de lejos, preparada para una avalancha como la de unos Juegos Olímpicos. Un informe de Deloitte estima unos 15 millones de visitantes en los 19 días de competición, con jornadas con hasta medio millón de visitantes. Con distancias imposibles, un transporte público escasísimo (ni siquiera el aeropuerto está bien conectado con la ciudad), una oferta hotelera limitada (unas 100.000 habitaciones en total) y unas elecciones en seis meses que pondrán todo patas arriba, el caos se ve a dos años vista.
Los precios y la falta de disponibilidad indignan a los angelinos. La organización de los Juegos afirma que pondrán a la venta hasta un millón de entradas por menos de 30 dólares, y que dos tercios costarán menos de 200 dólares. Pero si esta era la mejor oportunidad para los locales, ¿cómo serán las demás? ¿Y qué podrán conseguir, vecinos o visitantes, que sea barato? Habrá que esperar un par de años más y, mientras tanto, conformarse con ver un clasificatorio de golf un jueves a las nueve de la mañana por 28 dólares.
Puede consultar otras cartas de esta sección aquí.