
“Todo fluye, nada permanece”, afirmaba el filósofo griego Heráclito. Y, desde luego, algo tan sensible y cambiante como las relaciones afectivas no iba a ser una excepción. Durante años, la fórmula de la casa nido se presentó como la más amable para separarse sin romper la vida de los hijos: el sistema por el que son los progenitores, y no los menores, quienes rotan de vivienda. Pero el verano, ese paréntesis que debería servir de tregua, empieza a convertirse en la prueba que desmonta sus promesas. El reparto de estancias más largas, la duplicidad de gastos y los roces en la relación entre los progenitores llevan a los tribunales a revisar con cautela un modelo que, según coinciden abogados y magistrados, nació como excepción y amenaza con convertirse en fuente de litigios. Y el verano, como es sabido, es la época en la que los conflictos familiares se multiplican.
Modelos de custodia
La custodia en España ha experimentado un vuelco estadístico en dos décadas. En 2007, año en que el INE empezó a medirla, la custodia compartida apenas se otorgaba en el 9,7% de los divorcios con hijos, frente al 85,5% que recaía en la madre. La Ley 15/2005 la había habilitado, pero exigiendo acuerdo entre progenitores. En 2015 ya alcanzaba el 24,6%, impulsada por el Supremo, que la fijó como "el sistema normal y deseable". Y en 2025, según el INE, se concedió en el 50,8% de los casos, superando por primera vez a la custodia exclusiva materna (45,3%). La casa nido, nacida en ese impulso hacia fórmulas flexibles, marca ahora el límite: los tribunales empiezan a descartarla por su insostenibilidad económica y emocional.

