
Antes de la tregua de dos semanas firmada in extremis en la madrugada del pasado miércoles, los inversores se habían pronunciado alto y claro: “No a la guerra”. El ataque de EE UU e Israel contra Irán, que se inició el 28 de febrero, ha supuesto un golpe en el tablero geopolítico mundial. Todas las fichas han saltado por los aires y la onda expansiva donde primero ha llegado es a los mercados financieros. Si hay algo que detestan las Bolsas es la incertidumbre y la resolución del conflicto es un requisito indispensable para traer normalidad al mundo financiero. Pocos activos, a excepción del dólar, han servido de refugio para el dinero en el último mes y medio. Como los navegadores de los coches, todos los organismos económicos estaban recalculando la ruta para la economía mundial. La diferencia entre un derrape pasajero y una caída por el precipicio estará en la capacidad para llegar a una paz estable en los próximos 15 días.
La reapertura del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz es un requisito indispensable para alejar el fantasma de la estanflación. Hasta la firma de la tregua, todos los ojos estaban puestos en las consecuencias que la subida de los precios energéticos tendrían en el IPC. Un repunte sostenido de los costes se acabaría trasladando a numerosos productos y servicios. En consecuencia, una espiral inflacionista descontrolada forzaría a los bancos centrales a pulsar el botón del pánico, es decir, a subir los tipos de interés antes y con más intensidad de lo previsto. De momento, el alto el fuego ha vuelto a abaratar la cotización de los precios energéticos.
Después del fuerte shock que provocó la escalada arancelaria desatada por Donald Trump, el peor escenario de la guerra comercial no se cumplió y eso permitió a la mayor parte de Bolsas mundiales estrenar el curso en máximos históricos. Esa bonanza en los mercados tuvo su reflejo en el índice de confianza de los ahorradores de JPMorgan Asset Management, que también arrancó 2026 con mucha fuerza.
Sin embargo, esos vientos de cola se han esfumado con el sonido de los tambores bélicos. El indicador que elabora la gestora de fondos estadounidense, y que mide las respuestas de los inversores españoles a la pregunta sobre qué hará la Bolsa en los próximos seis meses, se ha desplomado en el último mes (la encuesta se realizó antes de la declaración de la tregua) cerrando el primer trimestre en 0,23 puntos frente a los 3,08 puntos en los que cotizaba a 31 de diciembre pasado. La caída mensual de marzo es muy similar a la de marzo de 2022, cuando se produjo la invasión rusa de Ucrania y el índice se dejó prácticamente cinco puntos en menos de 30 días, aunque es más moderada que durante lo peor de la crisis del euro (2011-2012).
La incertidumbre también se refleja en las intenciones de inversión. Si los españoles son por naturaleza ultraconservadores con el destino de su dinero, en momentos de crisis como el actual lo son incluso más. Los encuestados en esta oleada (durante el primer trimestre del año se hicieron 1.361 entrevistas) así lo reflejan cuando se les pide que expliquen en qué productos financieros invertirán en el próximo semestre. Hasta un 15% de los participantes reconoce que guardará el dinero debajo del colchón. Y de los que sí están dispuestos a comprar algún activo, el 45,2% se decantará un por un depósito, libreta o cuenta de ahorro, cuya rentabilidad queda muy lejos de compensar la inflación. El 21% apostará por los fondos de inversión y el 13,5% asegura que comprará directamente acciones.
El dinero, cuanto más cerca, mejor
La encuesta de confianza de JPMorgan AM incluye la pregunta de qué mercado bursátil experimentará la mayor subida en el próximo semestre. Si solo nos fijásemos solo en la media del primer trimestre, el mercado que mayor potencial de revalorización conserva para un grupo mayoritario de ahorradores (32,2%) es Wall Street. Sin embargo, si el análisis escarba un poco en la evolución mes a mes de las preferencias de los inversores españoles, la conclusión es que, en tiempos de turbulencias, el dinero, cuanto más cerca de casa, mejor. La Bolsa americana era la mejor opción para el 44,8% de los encuestados a principios de año. En ese momento, la única incertidumbre encima de la mesa era si los múltiplos de los grandes conglomerados tecnológicos estadounidenses, sobre todo aquellos más expuestos a la inteligencia artificial, eran sostenibles o habría una corrección. En cambio, en marzo (con la guerra de Irán ya en marcha) la renta variable americana era solo la favorita para el 24,7% de los participantes en la encuesta. Un camino opuesto han seguido la Bolsa española y la europea. En enero, el Ibex 35 era la mejor opción de inversión solo para el 17% de los encuestados, y en marzo capitalizaba el 26,7% de las preferencias. Por su parte, la renta variable continental ha pasado de guardar el mayor potencial para el 17,5% a reunir el apoyo del 24,8%. En cuarto lugar en las preferencias, a bastante distancia, están las Bolsas asiáticas.