
La inestabilidad geopolítica ha marcado el comportamiento de los mercados y de las variables financieras durante el último lustro. El año 2026 confirma una situación internacional más incierta que la conocida hasta 2020, caracterizada por una menor previsibilidad de los flujos comerciales y por un aumento de los focos de tensión. Para las empresas, este escenario plantea desafíos que van desde la regulación arancelaria hasta el impacto que los conflictos pueden tener sobre actividades localizadas en terceros países.
Uno de los principales canales de transmisión de estas tensiones es la inflación. El encarecimiento de la energía, las materias primas y el transporte está afectando, aunque de forma incipiente aún, a los costes de producción y, potencialmente, a los precios al consumo. Los inversores han incorporado este riesgo a sus expectativas y ya han descontado que los bancos centrales podrían llevar a cabo subidas de tipos de interés para evitar que estas presiones inflacionistas culminen en una alteración de las expectativas de precios a medio y a largo plazo. Como consecuencia, los tipos en el mercado han repuntado y se han alejado de los niveles observados durante buena parte de los últimos años.
A ello se suma la creciente competencia por la financiación. Las mayores necesidades de recursos tanto del sector público (principalmente por el mayor gasto en defensa) como del privado (derivadas de los desarrollos de inteligencia artificial) están presionando al alza el coste del capital, en un contexto en el que los financiadores exigen una rentabilidad acorde con los riesgos asumidos. Todo ello apunta a que el retorno a un entorno de tipos excepcionalmente bajos es un escenario con una probabilidad muy reducida.
La sensibilidad de los negocios al ciclo económico puede ser mayor en una coyuntura como la descrita, por los múltiples factores de impacto que existen. Esto se traduce en una mayor volatilidad de los flujos de caja que obliga a refinar la gestión de riesgos financieros con el objetivo de determinar cuál es la decisión más apropiada. Y si bien el nivel de coste de financiación es un factor crítico, no lo es menos anteponer la capacidad que la operativa del negocio tiene para absorber variaciones de la carga financiera sin comprometer la solvencia de la empresa.
En conclusión, la dinámica de los mercados financieros apunta a un riesgo significativo de que el coste de financiación permanezca en niveles elevados durante más tiempo del previsto. Ante esta situación, la evaluación de los proyectos de inversión debe ser especialmente rigurosa y considerar la capacidad real del negocio para generar caja y absorber tensiones financieras. Más que una apuesta sobre la evolución futura de los tipos de interés, la elección entre financiación fija o variable debe entenderse hoy más que nunca como una decisión de gestión del riesgo orientada a preservar la solvencia de la empresa, y no tanto a una mera decisión basada en el nivel absoluto de coste.