
Francisco Carpe supo que un contrato laboral no tardaría en llegar tras graduarse. Había estudiado programación en los años noventa. ¿Qué podía salir mal? Formada en el cambio de siglo, la generación de Carpe vio con ilusión cómo el software se convertía en la materia prima de la economía global y, principalmente, en un sector sinónimo de estabilidad laboral. Esta última promesa se ha saltado por los aires, admite Carpe. El lanzamiento de ChatGPT y Claude, entre otras herramientas de inteligencia artificial (IA), ha reescrito las normas para los trabajadores tecnológicos y, en general, para los empleados de oficina. La IA ha puesto en duda hasta qué punto son necesarias ciertas habilidades acumuladas con el tiempo en una larga lista de ocupaciones. El programador, de 48 años, que trabaja para NTTData, recuerda que optó por la informática porque era la carrera del futuro. Ahora cabe preguntarse: ¿de qué futuro hablaba?