
Europa crece poco, pero sin la llegada de población inmigrante la recuperación económica tras la pandemia hubiese sido más débil. Desde el año 2022, la UE de los 27 países ha registrado tasas de crecimiento anual del 1,7%, similares a las de los años anteriores a la covid-19. Entonces, una simple desagregación contable del crecimiento situaba la aportación de la población extranjera en el 20%; en el ciclo actual, la eleva al 50%. La fuerza laboral nativa no ha dejado de caer en las dos últimas décadas fruto del envejecimiento demográfico, por lo que, en ausencia de avances sustanciales de la productividad, la sola mejora de las tasas de empleo no hubiese bastado para mantener la economía a flote.
La entrada de población procedente de Ucrania dentro del territorio comunitario ha tenido mucho que ver en el aumento de la inmigración hacia la UE de los últimos años y, en particular, del observado en países del centro y norte de Europa como Alemania, Austria o los Países Bajos. Sin embargo, esta nueva oleada de inmigración, con flujos de entrada anuales del orden de 6,2 millones de personas, no se ciñe solo a los efectos de arrastre del conflicto ucraniano. Todos los países de la Unión, con dos excepciones y probablemente debido a retrasos en los registros, han visto crecer sus entradas de población extranjera. De hecho, en España y Portugal, con una inmigración muy ligada a Latinoamérica y África, los incrementos han sido especialmente elevados.
Hoy, en la UE residen casi 46 millones de personas en edad de trabajar que han nacido en un país no comunitario: se trata del 16% de la población de entre 15 y 64 años. Aunque están empezando a envejecer, los extranjeros son todavía más jóvenes que los nativos, se concentran en las edades de mayor actividad laboral —casi la mitad tiene entre 25 y 49 años—, y su participación en el mercado de trabajo es cada vez más alta. Dos de cada tres empleos creados en la UE en los últimos cuatro años fueron ocupados por extranjeros.
Las medias tienden a esconder diferencias importantes entre países y, en este caso, también ocurre. El aporte de la población extranjera al crecimiento ha sido generalizado pero diferencial en economías más dinámicas como las de Irlanda, Portugal o España. La inmigración ha impedido una atonía más severa de Alemania que, sin extranjeros, apenas habría registrado ganancias de empleo. Por el contrario, en Francia e Italia, con flujos de inmigración más moderados desde 2022, la contribución de la población extranjera ha jugado un papel menor, recayendo su crecimiento en una mejora de las tasas de empleo nativo.
En una Europa que envejece, la pregunta no es si necesitamos más inmigración, sino cómo facilitamos su integración en la vida económica y social del continente.