
Aunque vivimos momentos de cambio marcados por la reconfiguración de un nuevo orden mundial y asistimos a constantes amenazas comerciales, estratégicas y militares, la inteligencia artificial (IA) es el elemento que mejor define la entrada en la nueva era que experimentamos. La tecnología lo transforma todo y genera grandes oportunidades de negocio en detrimento de otros que quedan obsoletos con rapidez. A ese motor de progreso y dinámica que revoluciona la economía desde dentro, haciendo desaparecer lo viejo para crear lo nuevo y asegurar la evolución del sistema, Schumpeter lo denominó “Destrucción Creativa”. Un concepto de plena actualidad y que, el año pasado, hizo a Mokyr, Aghion y Howitt merecedores del Nobel de economía.
La innovación tecnológica es una fuente de disrupción, pero también el principal motor del crecimiento económico. Así ocurrió durante la revolución industrial, la electrificación de los años 20 —de un 68% de los hogares estadounidenses en tan solo una década—, o el desarrollo de internet, periodos en los que la enorme inversión supuso un destacado impulso de la productividad.
A pesar de las fortísimas inversiones que se están llevando a cabo en tecnología e IA, que equivalen a un 7% del PIB de EE UU, no nos encontramos en niveles desproporcionados si vemos la tendencia histórica de inversión en tecnología e I+D. La variación de la inversión como porcentaje del PIB fue mucho mayor en otros ciclos previos de bonanza tecnológica. Frente a los 0,7 puntos porcentuales (p.p.) actuales, la minería en Australia a comienzos del milenio creció 5,1 p.p. (desde 2005 a 2012) y el petróleo en EE UU en los 70 sumó 1,5 p.p. Otra referencia es el capex (inversión) agregado, que supone un 27% del flujo de caja mientras que, en el año 2000, llegó a alcanzar el 90%.
Asimismo, es clave tener en cuenta que las inversiones se están abordando con mucha menos deuda que en el pasado. Hay hiperescaladores como Alphabet que, aunque están destinando a inversión la mitad de su flujo de caja, se mantienen sin deuda neta. En el caso de otros, como Microsoft o Meta se sitúa en 0,1 vces su ebitda, niveles ampliamente inferiores a las 1,6 veces del promedio de compañías que componen el S&P 500.
De todas formas, por más que se vayan a extender las inversiones en IA y que la deuda esté contenida, nuestra visión para 2026 es que hay que continuar “ampliando el espectro de inversión”. No debemos limitarnos solo a los hiperescaladores, los desarrolladores de código o a las compañías de semiconductores porque la ola de destrucción creativa generará ganadores adicionales en esta revolución. Como ejemplo, los centros de datos necesitarán grandes redes de conexión, infraestructuras, energía y agua dado que, para 2030, demandarán una electricidad equivalente a la que hoy soporta la India.
En conclusión, tal y como nos han ratificado las grandes tecnológicas esta semana: suma y sigue, aunque ampliando el campo de tiro.