sábado, marzo 21, 2026

La crisis rusa se lleva por delante bares y restaurantes en Moscú como en tiempos de la pandemia | Carta del corresponsal

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Bares y restaurantes sin clientes. Locales enormes que han sido vaciados hasta quedar solo sus paredes blancas en pleno centro de Moscú, algo inimaginable donde hasta hace algo más de un año los empresarios se pegaban por abrir una cafetería. La crisis económica golpea la capital rusa, donde el desgaste provocado por la guerra se nota en una ciudad cuyo himno era, hace mucho tiempo, “Moscú nunca duerme”.

La consultora de bienes raíces CMWP ha identificado al menos 125 cafeterías y restaurantes que cerraron en Moscú entre enero y febrero, el doble que sus datos de hace un año. En el cuarto trimestre de 2025 cayeron otros 183 establecimientos. Y será peor: la firma calcula que este año cerrará casi medio millar, superando incluso los 450 restaurantes perdidos en 2020 por la pandemia de coronavirus.

Zakrítiye magazina”, “tienda cerrada”, en castellano, es uno de los carteles habituales en los grandes centros comerciales rusos. La última encuesta sobre las perspectivas de las pequeñas empresas de dos importantes instituciones estatales, la Fundación de Opinión Pública (FOM) y la Escuela Superior de Economía de la Universidad Nacional de Investigación (HSE), revela que un tercio de estos empresarios se ha planteado cerrar o vender su negocio en este arranque de año.

Este sondeo es demoledor. Más de un 52% de los empresarios prevé que su negocio irá mal este año, un porcentaje incluso mayor que el 38% registrado con el inicio de la invasión rusa de Ucrania y las primeras sanciones occidentales en el año 2022.

“Hay dos tipos de humor entre los empresarios: están los pesimistas y están los que ven esta crisis como la nueva normalidad”, dice a este periódico una fuente próxima a varios hombres de negocios importantes en el país. “Poco se puede hacer, todos están a la espera de ver qué sucede con la guerra de Ucrania, pero parece que no se acabará a corto plazo”.

La crisis es producto de una acumulación de desbarajustes en la economía rusa provocados por la guerra. Para alimentar su insaciable maquinaria bélica y evitar una impopular movilización entre su población, el Kremlin dedica una enorme cantidad de recursos a sus fábricas militares y al reclutamiento de soldados. Un 40% del presupuesto va destinado a sus fuerzas armadas y la seguridad nacional.

La economía rusa se sobrecalentó entre 2022 y 2024. Después, tras agotar sus reservas en la invasión de Ucrania, el Kremlin se ha visto obligado a realizar una subida generalizada de impuestos este año, lo que ha aumentado la carga que ya soportaban hogares y empresas vía inflación tras cuatro años de desbarajustes. Un gasto militar excesivo, una inflación disparada, un rublo fuerte -que alimentó largo tiempo las importaciones- y la escasez de personal han tensionado a las empresas civiles hasta hundirlas, repercutiendo a su vez en el consumo.

Algunos de los locales que han echado el cierre en Moscú pertenecían a cadenas que forman parte del paisaje moscovita desde hace muchos años. Entre ellos, 16 cafeterías de la marca Shokoládnitsa, posiblemente la más reconocible en Moscú, y tres restaurantes Black Star Burger.

En dos centros comerciales históricos del centro de Moscú, el Atrium de la estación de tren de Kursk y el GUM de la Plaza Roja, la crisis se ha llevado por delante dos de sus locales más reconocibles, el Chaijoná N.º 1 y el Coffemania.

La restauración sufre la crisis por dos frentes. Por un lado, los clientes han perdido poder adquisitivo y solo salen en fechas especiales. Por otro, sus distribuidores han subido sus precios, lo que encarece los menús y reduce los márgenes hasta ser insostenibles.

También resulta llamativo ver cómo los bares se vacían completamente cuando se acerca la una de la noche, la hora del último metro. El taxi se ha encarecido un 70% entre 2022 y 2025, según un estudio de Nóvaya Gazeta Europa. Y sus precios subirán mucho más este año porque este 1 de marzo entró en vigor una ley de Vladímir Putin que obliga a sus conductores a comprar coches fabricados en Rusia.

“Tenemos que llevar esto hasta el final, incluida la relocalización en Rusia”, clamó el presidente ruso el año pasado al pedir a sus legisladores que toda la administración y el transporte público emplease vehículos rusos.

La cuestión es que solo las industrias militares siguen tirando de la economía. El fabricante de los coches Lada, AvtoVAZ, la principal compañía de automoción del país, apenas vendió 370.000 vehículos el año pasado incluyendo sus exportaciones, un 25% menos que en 2024. Y sus números han empeorado este arranque de año hasta el punto de que ha reducido un 15% sus previsiones para 2026.

Y Aurus, el fabricante de la limusina de Putin, ha suspendido hasta nuevo aviso sus proyectos por la falta de fondos y sus dificultades para importar piezas del extranjero. La compañía ha publicado un comunicado esta semana en el que niega su cierre definitiva y anuncia “una mejora en los procesos de producción”.

“La fabricación de los primeros automóviles de lujo nacionales no solo es un desafío tecnológico, sino también una contribución al fortalecimiento de la soberanía industrial de Rusia”, asegura la compañía

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