viernes, mayo 29, 2026

La Menorquina o cómo saltar del chiringuito a la Quinta Avenida | Negocios

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En la fábrica de helados de La Menorquina no hace frío. Los helados —polos, bombones, al corte, tipo sándwich, en forma de sandía o en forma de coco, entre muchos otros tipos, de marca propia o para terceros— se pasean por unas cintas que se cruzan entre ellas en un laberinto que huele a chiringuito en un día de verano. A lo largo de su paseo, de tanto en tanto los helados entran en grandes congeladores a 40 grados negativos, y es ahí donde cogen forma. Luego se empaquetan y se distribuyen en camiones refrigerados. La fábrica es algo antigua, pero sus 22 líneas de producción pueden llegar a hacer 50 millones de litros de helados al año, de hasta 600 referencias distintas. El pasado mes de febrero la compañía anunció una inversión de 15 millones de euros para añadir una nueva línea más que podrá sumar 30.000 helados por hora y 10 millones de litros de helado al año. Puede que parezca una inversión menor, pero para la empresa es crucial: certifica que La Menorquina ha superado su bache financiero y se ha consolidado en su etapa de expansión.

En la fábrica que la compañía tiene en Palau-Solità i Plegamans, a media hora de Barcelona, conviven procesos muy eficientes y automatizados con otros muy artesanales. Por ejemplo, los trabajadores apenas tienen interacción con las barritas de helado de cacahuete, que una máquina corta, baña en chocolate y lleva a congelar. En cambio, media docena de personas trabajan solo para los helados de coco, uno de los emblemas de la compañía: “Se unta la mezcla a mano en cada coco, porque no es uniforme, depende de la forma de la cáscara del coco, que es real. Cada coco tiene su volumen”, explica Jesús Jiménez, jefe de Producción, mientras unas trabajadoras llenan los cocos con la crema de helado, los untan y ponen una pieza de chocolate encima.

En La Menorquina, entre fábrica y oficinas, trabajan unas 750 personas en temporada alta, de las que 500 trabajan en planta divididas en cuatro turnos: tres por día y uno el fin de semana. La idea es que entre febrero y septiembre salgan todos los helados posibles, para hacer frente a una demanda que va en aumento. Y la dificultad, según explica el responsable, es que cada día la orden es distinta, porque depende de lo que los clientes necesiten: un día quieren más bombones; otro, más sándwiches; otro, más polos… Y cada día hay dos cosas obligadas: se limpia todo a conciencia para la producción del día siguiente, y se catan todos los helados para comprobar que estén buenos.

Aunque la fábrica de La Menorquina esté en Cataluña, su origen está al otro lado del mar, en Alaior (Menorca), donde Fernando Sintes fundó la empresa en un garaje en 1940. Poco después, gracias a un billete de lotería premiado, el fundador abrió la primera fábrica en esa localidad, y el negocio fue creciendo: de repartir helados en carro durante los años de la posguerra, a la primera tienda propia en los años cincuenta y los acuerdos con restaurantes de la isla para que incluyeran sus productos en la carta. En 1965, La Menorquina compró la empresa barcelonesa Helados Marisa y posteriormente se fusionó con la multinacional Beatrice Foods. Con los años setenta llegaron los congeladores a las casas familiares, y en los ochenta hizo el primero de sus carteles de helados que se ven en chiringuitos y restaurantes. En esa época también trasladó su producción a la fábrica que Helados Marisa tenía en Palau-Solità i Plegamans. En los años noventa, la multinacional americana salió del proyecto y entró capital canario, con la creación de Kalise La Menorquina.

Esta compañía siempre ha tenido un negocio estable, pero también ha pasado por baches importantes. En 2017, la empresa Lacrem, propietaria de la marca Farggi, compró la compañía y su fábrica en Palau-Solità i Plegamans. La situación empeoró por problemas de gestión, y la empresa, endeudada y tras haber llevado a cabo recortes de personal con la salida de 153 trabajadores, fue vendida al fondo de inversión británico Cheyne, que desde entonces ha trazado un plan para recuperar la marca y buscar eficiencia.

El consejero delegado de La Menorquina, Iván Leal, que entró en la empresa en 2020, destaca dos ingredientes clave para su receta de la recuperación de la compañía: “Recuperar la identidad de La Menorquina y apostar por la calidad, la innovación y la eficiencia”. “La conexión con Baleares es muy fuerte, tenemos una gran marca, y esa identidad había quedado olvidada. La recuperamos para nuestros clientes de aquí y para los internacionales, porque los turistas vienen a España por nuestro estilo de vida, y nosotros lo representamos”, explica Leal, quien destaca que, mientras sus competidores (Frigo o Nestlé, por ejemplo) son grandes multinacionales con una capacidad productiva mucho mayor, La Menorquina tiene la baza de que puede innovar más fácilmente y adaptarse a lo que pide el mercado. Por eso también han recuperado su apuesta por un marketing de proximidad. El último ejemplo fue la campaña en la que parecía que Punky, un helado mítico de los años noventa, desaparecía del cartel, para luego recuperarlo con honores.

“Uno de los países con la mejor gastronomía del mundo necesita una marca propia de helados”, señala Leal, quien recuerda que La Menorquina es el primer fabricante con marca propia en España. Pero no solo produce helados propios, sino que hace los helados y los postres para distintas cadenas de supermercados (Mercadona, Aldi o Dia, entre otros) o para marcas de otros países, como el Reino Unido o Estados Unidos. La Menorquina es ahora el mayor proveedor de helados para Mark & Spencer, produce para Costco o para la estadounidense Van Leeuwen Ice Cream. “Hemos puesto ambición, nos hemos atrevido a crecer”, señala Leal. Las ventas de las marcas propias de La Menorquina y Farggi suponen el 60%, y el resto son para terceros. Por canales, las ventas al segmento Horeca (hoteles, restaurantes y cafeterías) suponen el 40%, las exportaciones, otro 40% y la venta minorista, un 20%.

Confianza en el proyecto

El fondo de inversión tiene intención de recuperar la rentabilidad y vender, pero por el camino, según explica Leal, ha demostrado una confianza en el proyecto que se ha traducido en crecimiento. “Hemos crecido en ventas un 19% anual desde 2019, y este año ya estamos por encima de un 20%”, explica el consejero delegado. En 2025, la facturación ascendió a 131 millones de euros, y el beneficio de explotación (ebitda) fue de 12 millones de euros, frente a los nueve millones en negativo de 2019. El resultado neto, sin embargo, continúa en números rojos por herencias recibidas —coste de la deuda, amortizaciones y depreciaciones elevadas por antiguas fusiones y costes extraordinarios de la expansión—, y la empresa todavía tiene una deuda de unos 50 millones, pero Leal confía en que en 2027 volverán a los números negros. 

El consejero delegado ve potencial de crecimiento en España, en mercados como el Reino Unido, Estados Unidos, Francia o Portugal, y cree que la nueva línea en la fábrica sumará entre 40 y 50 millones de euros más de facturación. “Estamos en plena tarea, plantamos semillas que nos dan más frutos de los que pensábamos”, afirma.



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